Cuando observamos un cuadro en blanco y unos pinceles al lado, tenemos la sospecha que llegará un pintor a darle vida a ese lienzo para quizá construir una verdadera obra de arte, lo que quiere decir, que si usamos esa analogía para esta reflexión, podemos determinar que deberíamos colorear con las mejores tonalidades nuestros días y las vidas de todas las personas con las cuales compartimos nuestras existencias. Y aunque existen una diversidad de colores e incluso la combinación de estos, nos da, una serie de posibilidades, debemos intentar con estos, mejorar la calidad de vida de quienes estando a nuestro alrededor merecen que les demos lo mejor de nosotros.

Una perla de Marcuse nos recuerda que “el tiempo no lo cura todo, pero sí desplaza lo incurable del centro de atención”.

Cuentan que lo que llamamos color no es otra cosa que la impresión producida por un tono de luz en los órganos visuales, o más exactamente, es una percepción visual que se genera en el cerebro de los humanos y otros animales, al interpretar las señales nerviosas que le envían los foto receptores de las retinas de sus ojos, que a su vez interpretan y distinguen las distintas longitudes de onda que captan de la parte visible del espectro electromagnético.

Lo que quiere decir que los colores que percibimos no son otra cosa que reflejos de luz, que al ser captados por todo nuestro sistema visual nos proyectan unas tonalidades y a la vez unas formas, que podrían incluso desde otras perspectivas e iluminaciones verse muy diferentes a lo que originalmente reconocemos como tal.

El Texto de Textos nos revela en Proverbios 15:1, “la respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego”.

Aquí y ahora tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…                             COTIDIANIDADES… ¡nos trasformaremos!