Tenemos una compleja tendencia a culpar a otros de nuestra suerte, incluso al destino, cuando realmente deberíamos asumir el reto de reconocer aquellas malformaciones que heredamos de nuestros ancestros y cuidadores y, empezar igualmente con nuestros errados hábitos un proceso consciente de cambio que desemboque en generar verdaderas trasformaciones especialmente de aquello que tanto criticamos a otros pero que nosotros tambien hacemos. Y es que vivir culpando a otros no nos ayuda en nada, por el contrario, con ello estamos desconociendo nuestras propias capacidades no solo para cambiar nuestras vidas sino para asumir las riendas de las nuevas situaciones que esperamos.

Una perla anónima nos expresa que, “no tenemos que aprender a amar, solo tenemos que olvidar todo lo que nos impide hacerlo”.

Cuentan que en una cotidianidad, el adulto mayor visitó al psicólogo para quejarse, por lo que consideraba una desastrosa vida, fruto de una familia disfuncional y de una madre que lo malcrió y poco le enseño de esta. Por lo que el profesional le dijo: – no eres responsable de la programación mental recibida en tu infancia y menos de lo que tu madre pensaba o no de la vida, pero si es necesario que ya como adulto, te hagas responsable ciento por ciento de no seguirla reproduciendo, ya que lo que debes hacer es corregir, obviar , olvidar y arreglar.

Hay quienes prefieren quedarse toda la vida quejándose de sus ancestros e incluso vivir inculpando a estos, ya fallecidos, de lo que aun les acontece hoy, lo cual no es coherente, ya que aunque no podemos negar la influencia de esos cuidadores, tampoco podemos obviar que contamos con una voluntad y una capacidad de trasformar todo aquello que nos propongamos.

El Texto de Textos nos revela en II de Timoteo 1:5, “el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, de buena conciencia y fe no fingida.  Algunos, desviándose de esto, se perdieron en vana palabrería.  Pretenden ser doctores de la Ley, cuando no entienden ni lo que hablan ni lo que afirman”.

Aquí y ahora tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…                             COTIDIANIDADES… ¡nos trasformaremos!