Hay quienes especulan que la dulzura es sinónimo de debilidad e incluso quienes prefieren mostrarse duros para supuestamente ser más respetados, lo que no es del todo cierto, ya que al ser dulces solo estamos intentando que los demás seres humanos reciban de nosotros lo mejor, lo que se traduce en agradar sus vidas y a la vez, deleitarnos con su cariño. La dulzura no puede ser mal entendida y menos visionarse como un acto de hipocresía, sino simplemente como algo natural de los seres humanos, que debido a extrañas costumbres, tristemente hemos preferido agredirnos cuando incluso esa no es nuestra verdadera naturaleza. Somos seres fraternales que estamos llamados a integrarnos unos a otros y por lo tanto a compartir lo más dulce de nuestro ser con esos próximos.

Una perla de La Bruyére nos cuenta: “los que emplean mal su tiempo son los primeros en quejarse de su brevedad”.

Cuentan que una de las cosas que más impresionó a quienes descubrieron la tumba del faraón Tutankamón tres mil doscientos años luego de su muerte, fue que entre todas las cosas que este considero necesarias para su paso al más allá, lo único que se conservaba era un recipiente con miel que aun se podía comer, denotando además que es este uno de los pocos alimentos que conservan todos los nutrientes vitales con el paso del tiempo y por ello es que se le considera como uno de los alimentos con mayores potencialidades medicinales.

Seguramente por ello no es gratuito que el Creador prometiera a su pueblo darles una tierra en donde fluía la leche y la miel, como una metáfora de abundancia pero también de lo dulce que es la vida cuando nos dejamos retroalimentar de los frutos de esta Creación. Bajo esa mirada deberíamos no solo endulzar nuestros alimentos con miel, sino a la vez llevar ese tipo de propiedades a todas nuestras interacciones.

El Texto de Textos nos revela en Proverbios 16:24, “panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos”.

Aquí y ahora tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…                                            COTIDIANIDADES…                                                                                   ¡nos trasformaremos!