Regularmente en nuestras sociedades altamente competitivas a los niños no se les trata como tales, sino que se les invita a tener comportamientos de adultos. Seguramente por ello a medida que estos niños crecen van perdiendo su capacidad de juego, de reír, la inocencia de querer aprender todo el tiempo y hasta la sonrisa natural, producto que en casa y una vez llegan al colegio se les pide todo el tiempo que hagan silencio y que se comporten cual si fueran estatuas, cuando por su naturaleza están prestos para gritar, cantar, saltar, jugar y divertirse. Lo que quiere decir que somos los adultos los que deberíamos aprender de los niños para contagiarnos de todas las cosas buenas que estos chiquillos nos pueden aportar y no ser nosotros los que les contaminamos con nuestros dilemas y amarguras.

Una perla de Aristóteles reitera: “pobre discípulo el que no deja atrás a su maestro”.

Cuentan que cuando los recién admitidos al programa de sicología recibieron su primera clase se sorprendieron cuando la docente les comentó que la psicología moderna se ocupaba de nuevas áreas y en una de ellas, se aseguraba que para que una persona madure sicológicamente y plenamente, “necesitará siempre la comprensión de alguien que lo acompañe a su lado, ojala en sus primeros años de vida en donde se consolida todo su proceso emocional”.

Y es que afortunadamente diversas ciencias sociales nos están llamando la atención para que comprendamos los efectos de algunas descargas emocionales que legamos especialmente en nuestros niños y niñas, lo que nos obliga a ser mucho más cuidadosos en el proceso de formación de estos seres que requieren de nuestro cariño y afecto y no, de seguir promoviendo nuestros defectos y agresiones.

El Texto de Textos nos revela en I de Tesalonicenses 4:3, “pues la voluntad del Creador es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen al Creador”.

Aquí y ahora tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…                                         COTIDIANIDADES…                                                                                   ¡nos trasformaremos!