Algunas personas consideran que una de las principales características de nuestros días es la ingratitud y por lo tanto el no valorar lo que la vida nos da a diario y menos todas las cosas, objetos o personas con las que convivimos, lo que implica que mantengamos quejándonos de todo y de todos. Incluso contradictoriamente como hijos regularmente maldecimos de nuestros padres y hasta les reclamamos a ellos por expectativas que siendo nuestras, se las abrogamos a ellos. Cuando lo que deberíamos es ser eternamente gratos por el solo hecho que estos nos permitieron llegar a este mundo y coexistir gracias a sus propios esfuerzos.

Una perla anónima nos recuerda que “los tiburones nacen nadando”.

Cuentan que cuando la madre supo que su recién nacido hijo necesitaba sus corneas para poder ver, no dudo un segundo en donárselas y en callar este acto amoroso para nunca hacer sentir mal al chiquillo. Quien ya joven le recriminó un día al mismo Creador por haber tenido que crecer al lado de una madre ciega. Sin embargo y pese a tan injusta recriminación la madre siempre calló la verdad hasta que al fallecer esta, con lagrimas una tía, le confesó al hijo lo que había sucedido llenando el corazón de este muchacho de un inmenso arrepentimiento.

Y es que en ocasiones olvidamos el enorme amor que tienen nuestros padres para con nosotros y los múltiples esfuerzos que han hecho para sacarnos adelante. Y aunque en esos momentos no lo hacemos y solo reconocemos el valor de nuestros progenitores cuando estos han fallecido, lo cierto es que deberíamos amar a las personas por lo que son y no por lo que suponemos deberían ser o por lo que esperamos nos den.

El Texto de Textos nos revela en Lucas 1.37, “porque para nuestro Padre Celestial no hay nada imposible”.

Aquí y ahora tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…                                        COTIDIANIDADES…                                                                                   ¡nos trasformaremos!