Y aunque pudiéramos decir que en algunas ocasiones encontramos justificaciones para maltratar, lo cierto es que no existen razones para agredir a los demás, aun estando supremamente molestos por algo que nos parezca nos hayan hecho esos otros. No existe motivación suficiente como para actuar agrediendo a nadie y contrariamente si nosotros estamos convencidos de tener la razón debemos usar esos mismos razonamientos para darle argumentos al ser que consideramos equivocado para que trasforme su postura errada. Dialogo que no debe intentar imponer conceptos, sino simplemente exponer aquellas reflexiones que ayuden a esa otra persona a entrar en razón y por lo tanto si ese ser continua en posturas contrarias, debemos respetar estas y construir con él una convivencia pacífica.

Una perla de Goethe nos dice que “el hombre más feliz del mundo es aquel que sabe conocer los méritos de los demás y se alegra del bien ajeno como si fuera propio”.

Cuentan que cuando confrontaron al predicador al respecto de por qué tanta maldad en la tierra y si existía un Ser Superior que pudiera intervenir y evitar estas, él dejó que terminaran de culpar a su Creador por todo lo que realizaban los humanos y concluyó: – siento que no es que el mal sea obra del Creador o que Él deje que todo suceda, sino que nos dio el libre albedrio y este lo usamos de manera errada, dejando como resultado el alejarnos de Él para guiarnos con las ausencias y oscuridades que generan lógicamente el tener lejos de nuestro corazón a ese Creador y por ende actuar maltratándonos y agradiéndonos.

Los seres humanos contamos con una maravillosa herramienta que es nuestra voluntad y desafortunadamente esta, nos ha llevado a tomar históricamente decisiones equivocadas, tantas, que en algunos momentos en vez de utilizar nuestro libre albedrio para acercarnos como seres vivos, nos distanciamos unos de otros, siendo capaces incluso de atentar y agredir a esos otros seres sin motivo alguno.

El Texto de Textos nos revela en I de Pedro 1:18, “si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo”.

Aquí y ahora tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…                                           COTIDIANIDADES…                                                                                   ¡nos trasformaremos!