Algunos pensadores nos han invitado a comprender que lo que conocemos como real no es más que el reflejo o proyección de lo que pensamos, creemos, sentimos y expresamos a través de nuestro ser. Desde esa mirada se nos motiva a intentar cambiar lo que creemos nos esta afectando exteriormente más desde nuestro interior que desde lo exterior, buscando con ello que dejemos a un lado una serie de pensamientos nefastos que han hecho que visionemos lo real como algo cruel y hasta indigno de vivirlo. Se trata en todo caso de descubrir que aunque lo real y sus formas están allí complementando nuestras coexistencias somos nosotros los que determinamos, si esa realidad nos afecta o si por el contrario somos capaces de transformarla gracias a nuestros pensamientos trascendentes.

Una perla de Virginia Woolf afirma: “no hay barrera cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”.

Cuentan que cuando le preguntaron al escritor y poeta alemán Hernán Hesse al respecto de la realidad este comentó: “no hay más realidad que la que tenemos dentro, por eso la mayoría de los seres humanos viven tan irrealmente, porque creen que las imágenes exteriores son la única realidad y no permiten a su mundo interior manifestarse”.

Realidad que sin embargo nos genera bastantes reflexiones y aunque pese a que algunas veces esta nos invita a comprender que nuestras coexistencias son más interiores que exteriores, en el fondo nos hemos fijado más históricamente en esa dimensión material a la cual aunque pertenecemos termina siendo un reflejo de nuestros propios pensamientos y las percepciones con las cuales nos interconectamos.

El Texto de Textos nos revela en Santiago 1:8, “el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos”.

Aquí y ahora tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…                                                    COTIDIANIDADES…                                                                                        ¡nos trasformaremos!