Una errada costumbre nos lleva a hablar sin pensar y luego incluso a querer disculparnos, en el mejor de los casos por lo dicho. Son costumbres, extrañas por cierto, de esas que nos inducen a hablar por hablar sin dimensionar la magnitud de lo que decimos y por ende los efectos que generan nuestras expresiones verbales en nosotros y los otros, lo cual no solo es nefasto sino incluso peligroso. Hay quienes incluso comparan las palabras con granadas de mano que una vez salen de nuestra boca y se les quita el seguro, pueden generar graves lesiones en las vidas de aquellas personas que en nuestras cotidianidades amamos, por lo cual tan solo deberíamos expresarnos amorosamente cuidándonos de lo que decimos y ojala acostumbrándonos a decir exclusivamente palabras de aliento y fraternidad para con los demás.

Una perla anónima asegura que, “las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos, hasta que son demasiado fuertes para que ya no podamos romperlas”.

Cuentan que cuando la cantaletosa madre ofendía sutil e inconscientemente a uno de sus hijos al expresarle que no servía para nada, el padre la llevó a un lado y le pidió que se calmara, recordándole los términos que estaba usando y que quizá no dimensionaba, por lo que esta le dijo, que las palabras simplemente se las llevaba el viento. A lo que su esposo la desmintió afirmándole que: – las palabras no se las lleva el viento por el contrario, pueden herir o edificar, por lo tanto cuidémonos de nuestras palabras y busquemos hablar de tal manera que en nuestro ser y en las mentes de las otras personas quede la paz que estamos sembrando.

Tenemos la errada creencia de suponer que las palabras que se expresaron así sean hirientes son solo eso, palabras y, que por lo tanto las otras personas las olvidaran, afirmando incluso que se irán con el viento, lo cual es una visión equivocada, ya que las palabras en la mayoría de ocasiones quedan grabadas en nuestro ser y cuando son agrestes, se asemejan a un puñal que nos hiere y puede incluso seguir ampliando nuestra herida.

El Texto de Textos nos revela en Ezequiel 22:26, “sus sacerdotes violaron mi ley, y contaminaron mis santuarios; entre lo santo y lo profano no hicieron diferencia, ni distinguieron entre inmundo y limpio; y de mis días de reposo apartaron sus ojos, y yo he sido profanado en medio de ellos”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…                                                     COTIDIANIDADES…                                                                                        ¡nos trasformaremos!