Y aunque el interrogante nos puede llevar a dos escenarios similares pero en contextos diferentes lo cierto es que una persona que esta sana lo denota en su semblante y en su actitud, lo que quiere decir que si asumimos la hermosa tarea de saludar con alegría e incluso gratitud a todas las personas con las cuales nos encontramos y además estamos dispuestos a expresar una sonrisa permanente en nuestro rostro, en busca de lograr ese objetivo de hacer sentir mejor a los demás, seguramente nuestro ser estará presto a recibir de la vida lo mejor y por ende dentro de dicha armonía estará completamente saludable, mientras que por el contrario aquellos que consideran que por sus problemas deben asumir actitudes como de ogros y desconocer a los demás, simplemente están sembrándose en sus mismos cuerpos y entornos todo lo mal sano que intentan proyectar a los demás.

Una perla anónima nos dice que, “no hay mejor predicador que la hormiga que no dice nada pero trabaja en equipo”.

Cuentan que cuando el aseador observó como un presumido ejecutivo de la compañía le había evitado la mirada a la recepcionista, que con su agradable sonrisa quería saludarle, sabiendo además que este regularmente entraba con la cabeza agachada y evitaba saludar incluso a sus propios asistentes, este humilde empleado se acercó y le dijo a la chica: – no te preocupes ni te entristezcas por esa grosería, tu hiciste lo que debías hacer, yo tengo muy claro que si alguna vez no me dan la sonrisa esperada, trato de seguir siendo generoso y doy a diario la mía, ya que he entendido con el paso de los años que nadie tiene tanta necesidad de una sonrisa como aquel que no sabe sonreírle a los demás.

Y es que a veces nos excusamos en nuestros dilemas cotidianos y nuestros distractores sin darnos cuenta que un saludo y una sonrisa deberían ser nuestras principales herramientas de vida, no solo para alegrar nuestras propias existencias sino las de los demás.

El Texto de Textos nos revela en Deuteronomio 18:10, “no sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero,  ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…                                                    COTIDIANIDADES…                                                                                         ¡nos trasformaremos!