Los estándares académicos se han elaborado históricamente para hacernos competentes en algunas áreas, oficios, profesiones y como ciudadanos en general, sin embargo dentro de los modelos educativos totalmente condicionados por lo económico, se logra que la mayoría de educandos se conviertan en seres altamente competitivos, postura que en parte nos llena de egoísmos y en algunos casos de decepciones, ya que no se trata de ser los mejores como si de ser mejores seres humanos cada día. Y aunque pareciera que la diferencia es semántica es algo de fondo debido a que el ser competente nos lleva a adquirir las destrezas o habilidades que nos permitan desarrollar una actividad o alcanzar un conocimiento, mientras que al ser competitivos en ocasiones deseamos que si yo no tengo o alcanzo ese logro, los demás tampoco lo hagan.

Una perla anónima nos reitera que “los padres compiten por las mejores calificaciones pero pocos lo hacen para ver quién hace más feliz a sus hijos”.

Cuentan que cuando el padre se dio cuenta del daño que le estaba haciendo a su hijo por presionarlo para que se convirtiera en todo aquello que el mismo no era, ni había logrado ser en toda su vida y que quizá por ello suponía su hijo si tenia que ser, visito a un terapeuta el cual le dijo, que el muchacho estaba sufriendo de agotamiento nervioso. Por lo que su padre debería dejar de presionarlo y mas bien entenderlo, amarlo y aceptarlo tal como él era.

Uno de los principales errores que se comete como padres es el querer que nuestros hijos logren lo que no alcanzamos y aprendan lo que incluso nunca nos interesamos por aprender o hasta vivan lo que nosotros ni siquiera nos atrevimos a vivir, presionándoles de tal manera que en algunos casos les dañamos sus proyectos de vida y simplemente los llenamos de culpas, remordimientos y desazones. Lo mejor es dejar que ellos encuentren sus caminos y nosotros si ellos así lo requieren desde cierta distancia solo tratar de ser sus guías.

El Texto de Textos nos revela en Colosenses 3:12, “vestíos, pues, como escogidos del Creador, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”.

Aquí y ahora tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…                                                      COTIDIANIDADES…                                                                                        ¡nos trasformaremos!