En una sociedad que promueve todo tipo de individualismos regularmente poco o nada nos importan las vidas de los demás, al punto que en algunas ocasiones nos desahogamos o descargamos con ellos cuando esos seres realmente no tienen nada que ver con dichos inconvenientes que nos están afectando. La opción entonces que debemos asumir no solo es la de saber cuándo y cómo evacuamos todos esos dilemas que nos afectan internamente sino además aprender que las otras personas no tienen nada que ver con ellos siendo nuestra obligación la de buscar agradarles en vez de agredirles. Que maravilloso seria el mundo si nos propusiéramos cambiar esas actitudes negativas con las que queremos contagiar a otros.

Una perla de Seneca nos invita a entender que, “ningún árbol es fuerte sin continuos vientos; pues con ellos se fortifican sus raíces”.

Cuentan que en una cotidianidad la adolescente desprecio a su mejor amiga porque esta no contaba con los recursos para acompañarla al cine, lo que hizo que la otra chica se sintiera muy mal e incluso dejara de asistir por unos días al colegio, así que cuando la maestra se enteró de lo sucedido, llamo a su presumida alumna para invitarla a reflexionar al respecto de una mejor opción de vida que implicaba el hacer siempre lo mejor que podemos, en el momento que debemos y de esa manera comprender que nunca llegaremos a recriminarnos.

Y es que en ocasiones sin darnos cuenta herimos a seres que realmente apreciamos, todo porque en nuestros egoísmos obviamos que algunas palabras, pensamientos e incluso acciones agreden a esos seres y lo peor del caso es que en vez de reconocer nuestro error lo incrementamos aduciendo que son esos otros los equivocados.

El Texto de Textos nos revela en I de Pedro 2:2, “desead como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada para que por ella crezcáis para salvación”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…

COTIDIANIDADES…

¡nos trasformaremos!