Una de las grandes tareas que nos debemos proponer a diario tiene que ver con lograr ser consecuentes, coherentes, correctos, lo que quiere decir actuar de tal forma que nuestros pensamientos, palabras, acciones e interrelaciones estén acordes a esa armonía, fraternidad y servicio que nos proponemos como visión de vida. Y es que es muy fácil pensar al respecto de algunas acciones que deberíamos tener pero se hace muy difícil lograr incluso que esos pensamientos coincidan con nuestras palabras en algunos momentos. Se trata además que esas reflexiones y predicas sean consecuentes con nuestros hábitos y actos cotidianos o sino las grandes contradicciones que regularmente nos agobian seguirán cogobernando nuestras existencias.

Una perla de Voltaire nos recuerda que “el ultimo grado de perversidad es hacer servir las leyes para la injusticia”.

Cuentan que cuando se hundió el Titanic un escoces que viajaba allí y que padeció el hundimiento pero sobrevivió, narró la historia del joven John Harper quien no solo ayudo a mujeres y niños a que subieran a los botes y salvaran sus vidas, sino que además se dedicó a preguntarle a los náufragos y en especial a este incrédulo en aquel momento complejo, si aceptaban a Jesús como su señor y salvador. Por lo que aunque este se negó a aceptarle su motivación luego de ver la decisión del chico que moría por ayudar a otros con la tranquilidad de una trascendencia, fue convencido de dicho camino espiritual.

Y es que en ocasiones nos olvidamos que convencemos a los demás no tanto por los discursos que usemos para alterar sus reflexiones como si con nuestro testimonio de vida consecuente que debe corresponder a acciones, pensamientos y palabras acordes a aquello que a diario exponemos como modelo de vida a seguir.

El Texto de Textos nos revela en II de Corintios 5:20, “así que, somos embajadores en nombre de Cristo”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…

COTIDIANIDADES…

¡nos trasformaremos!