En la mayoría de nuestras comunidades nos forman para el individualismo, la competitividad, lo privado y por qué no reconocerlo para evitar pensar en el otro y enfocarnos más en nosotros, lo cual cultiva una serie de sentimientos egoístas que si bien parecen naturales no lo son, ya que simplemente reproducen un modelo de pensamiento económico y sentido de vida basados en creencias tal vez equivocadas. Vale la pena que entendamos que hacemos parte integral de una Creación, lo cual nos obliga a vincularnos unos con otros y por lo tanto a apoyarnos, comprendiendo que no somos dueños de nada sino mayordomos momentáneos tanto de algunos objetos como de nuestras propias vidas.  

Una perla anónima nos reitera: “si no hay una razón para vivir, nuestro ser busca razones para morir”. 

Cuentan que cuando Harriet Beecher-Stowe decidió en Ohio dedicar su vida a servir a otros debido a la perdida de su hijo por contraer cólera, enfrentó grandes pruebas al no compartir la misma visión de quienes apoyaban en ese entonces la esclavitud, por lo que aprovechando que su casa estaba ubicada en la vía conocida como a la libertad, que era la frontera con Canadá, alojó y apoyó allí a cientos de fugitivos e incluso llevó estas historias a varios artículos de prensa, como fruto de su indignación por el trato inhumano que estos recibían, finiquitando esa labor con el gran libro La Cabaña del Tío Tom.

Texto que como muchos otros nos cuenta de las vidas de cientos de seres humanos que han sido maltratados, desperdiciando así la oportunidad de relacionarnos armónica y fraternalmente pero por nuestras ignorancias y egoísmos hemos preferido alejarnos unos de otros cuando la misma Creación nos motiva a diario es a vincularnos como próximos. 

El Texto de Textos nos revela en Jonás 2:2, “invoqué en mi angustia al Creador, y Él me oyó; desde el seno del Seol clamé y mi voz oíste”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…

COTIDIANIDADES…

¡nos trasformaremos!