Hay una diferencia abismal entre los conceptos de oír y escuchar. Y es que en el primero de los casos las personas por mantener nuestros oídos regularmente abiertos y atentos a todos los sonidos que acontecen a nuestro alrededor y que son audibles recibimos esos impulsos nerviosos y por ello poca atención les prestamos, mientras que cuando nos proponemos escuchar realmente colocamos todo nuestro ser en plena conexión con todo aquello que se nos esta emitiendo y con cada vibración auditiva nos compenetramos con el mensaje que estamos decidíos a capturar, lo que quiere decir que debemos estar prestos a escuchar más, especialmente a esos seres que ameritan nuestra diaria atención.

Una perla anónima aduce: “los ojos no sirven de nada, si la mente no quiere ver”.

Cuentan que cuando la profesora observó cómo regularmente algunos de sus alumnos solo le oían en su clase de convivencia y producto de ello se enfrentaban con discusiones sin sentido sin permitirse escuchar los argumentos del otro, sino simplemente rechazándose mutuamente, ella decidió dedicarle un mayor tiempo de su clase a enseñarles a escuchar a estos llevándolos al final del año a atenderse y a comprender que: nuestro peor problema de comunicación es no escucharnos para entender colocándonos siempre en disposición de oír solo para contestar.

Valdría la pena que desde nuestros primeros años nos enseñaran más a escuchar y especialmente a abrir nuestros sentidos para acercarnos a todos esos seres que merecen además nuestra atención y que nos vinculemos más y más a ellos a través de una amplia apertura de todos nuestros sentidos.

El Texto de Textos nos revela en el Salmo 63:6, “en mi lecho me acuerdo de ti; pienso en ti toda la noche. A la sombra de tus alas cantaré, porque tú eres mi ayuda. Mi alma se aferra a ti; tu mano derecha me sostiene”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…

COTIDIANIDADES…

¡nos transformaremos!