Y aunque parece obvia la respuesta no podemos seguir pensando que la victoria implica el derrotar a quien consideramos nuestro enemigo y peor aun llevarlo a su final o a que se postre a nuestros pies, visión que milenariamente solo ha servido para que nos eliminemos nosotros mismos y perdamos incluso la posibilidad de complementarnos con nuestras diferencias. Y aunque parece poco probable que dejemos de utilizar la fuerza, las armas y el miedo como herramientas para generar la derrota de nuestros adversarios y por lo tanto el dominio hasta de sus voluntades, si es más probable que empecemos a entender que vence quien propone y expone los mejores argumentos y no tanto el que los impone, intentando que aun sabiéndose equivocado se le siga.

Una perla de Jardiel Porcella dice que “la dictadura es el sistema de gobierno en el que lo que no está prohibido es obligatorio”.

Cuentan que en la batalla de las piedras muy cerca al pueblo uruguayo que hoy lleva ese nombre, el líder José Artigas en aquel momento supremo tomó una trascendental decisión, una vez triunfo y fue la de no agredir y matar a todos aquellos que ya había derrotado, pese a que por costumbres en las guerras era claro que al caído había que caerle más. Y de allí quedo la valiosa frase pronunciada por este que tanto nos enseña “clemencia para los vencidos, curad a los heridos, respetad a los prisioneros”.

Y es que aunque anhelamos que algún día nuestra historia deje de mostrar a los victoriosos de las guerras como nuestros héroes y por ende a los conflictos y a la muerte como la única posibilidad de vencer a quienes ostentan el poder, lo cierto es que de este historia podemos rescatar la búsqueda de no destruir a quienes no piensan como nosotros y más bien derrotarlos con argumentos de vida.

El texto de textos nos revela en Hechos 2:21, “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…

COTIDIANIDADES…

¡nos transformaremos!