Regularmente cuando hacemos balances comerciales obviamos que lo que más deberíamos apreciar no son tanto esos objetos que se adquieren a cambio de una cantidad de dinero, por alta que esta nos parezca, como sí, todo lo que con ese mismo dinero no podemos en ocasiones comprar, como nuestra propia salud, por ejemplo. Y es que solo cuando dejan de funcionar correctamente algunas partes de nuestro ser es que nos damos cuenta del verdadero valor de la vida e incluso de ese algo que hasta despreciábamos, como es nuestra salud. Incluso si realmente valoráramos por lo menos nuestro cuerpo evitaríamos consumir comida chatarra e infectarnos con relaciones dañinas.  

Una perla cotidiana de Marx Groucho nos dice: “no quiero pertenecer a ningún club que me admita como socio”.

Cuentan que cuando el hombre ciego escuchó como otra persona maldecía por no tener dinero se acercó a ella y le pidió que le vendiera sus corneas por la cantidad de dinero que requería así el seria feliz obteniendo el dinero y este hombre ciego igualmente por recuperar la vista, lo cual el otro no acepto ya que entendió que de nada sirve la riqueza sin poder disfrutar de las cosas elementales de la vida. 

Y aunque no estamos diciendo que una persona ciega no pueda degustar de todo lo que le ofrece el día a día si debemos motivarnos para que redescubramos que contamos con muchas cosas valiosas, a las cuales quizá les queremos dar un precio comercial lo que es un error, ya que la vida lo que nos reclama a diario realmente es que le demos todo nuestro aprecio. 

El Texto de Textos nos revela en el Salmo 4:8, “en paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Creador, me haces vivir confiado”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…

COTIDIANIDADES…

¡nos transformaremos!