El Texto de Textos nos revela en Génesis 2:1, “fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó el Creador en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo.Y bendijo el Creador al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación”.

Algunos creyentes nos hablan del cumplimiento de los seis mil años de nuestra historia y de la llegada del milenio como séptimo día dentro de las cuentas del Creador. Y aunque tenemos una forma particular de contar nuestro paso por este planeta poco parece comprendemos que cada nuevo instante que nos regala el Creador es para nuestro crecimiento integral por lo que si no lo usamos así será un día menos, al no atender nuestros verdaderos propósitos como seres humanos.

Si hubo un principio habrá un final pero a la vez en una eternidad el inicio de otro ciclo, lo que se debería traducir en trasformar ese deseo egoísta de anhelar recibir a todo instante y permitirnos dar, reenfocando así nuestros atributos, características y expectativas proponiéndonos como generación el visualizar otras perspectivas hacia la cima de la pirámide espiritual pero para integrarnos al Creador y no para querer desbancarlo, dando así el gran paso a la eternidad. Pero mientras nuestra vasija espiritual siga proyectándose sobre carencias, deseos incluso salvajes y relaciones de caos, esa historia cíclica adversa se mantendrá para algunos con su dimensión de oscuridad.

Nuestro año occidental solar egipcio es de 365 días y nos habla de una historia indeterminada de millones de años, sin embargo quienes usan el calendario lunar no solo para calcular ciertos aspectos regulares de la naturaleza o las mareas, sino incluso el ciclo sexual de las mujeres, nos dicen que aunque debemos tener en cuenta el ciclo de la Tierra alrededor del Sol, también debemos hacerlo con el de la luna y por ello para el pueblo Judío comienza el día con la caída del sol, y culmina este con la caída subsiguiente; o bien, si no, con la aparición de las tres primeras estrellas en el firmamento.

Dichos ciclos de luna nueva, cuarto creciente, llena o plenilunio, y cuarto menguante. Tienen una duración de 29 días y medio lo que hace que el mes hebreo oscile entre los 29 y los 30 días. Así es como el año hebreo incluye un ciclo completo de las cuatro estaciones del año, y, cuentan un número exacto de meses lunares. Pero quizá lo más importante de este calendario es que apenas se aproxima a menos de seis mil años, lo que para algunos estudiosos coincidiría con la llegada del séptimo día del descanso del que habla la Biblia.

Bajo esa mirada sospechando que la cuenta sea progresiva o regresiva debemos entender que cada nuevo amanecer es una oportunidad de agregar nuestro comportamiento consciente correcto a este mundo, para darle un verdadero sentido a nuestras coexistencias. Así que es tiempo de enfocarnos incluso menos en el tiempo solar o lunar y más en cada instante y cada una de nuestras interacciones, esas que nos deben relacionar más y mejor con el Creador y con toda su obra.

El Texto de Textos nos revela en II de Pedro 3:8, “mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”.

Oremos para que no perdamos las diarias oportunidades de amar más.