El Texto de Textos nos revela en Zacarías 4:10, “Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán, y verán la plomada en la mano de Zorobabel. Estos siete son los ojos de Jehová, que recorren toda la tierra”.

Si la palabra es luz, energía, Creación, esa visión nos incentiva a comprender que hay otra organización de la vida de la que poco sabemos. Perspectiva holística del universo que nos cuesta asimilar y que traducimos en codificaciones misteriosas y especiales y que a veces nos desorientan, más cuando intentamos percibir esa energía que nos formo y sus manifestaciones en este mundo  de la Acción. Es por ello que quienes gráfican esa lógica desde el concepto Árbol de la Vida y las Sefirot con sus dimensiones, nos hablan de Keter como la primera parte en esa lectura de percibir a través de este concepto la Corona: la creación del macro y micro cosmos.

El Árbol de la Vida desde la profundidad de sus ilustraciones presenta en su parte superior, el Ain Sof o lo que algunos científicos denominan la Nada, esa nuestra esencia que se desplegó hacia la luz y que se recreo sobre sí misma para abrirse paso desde adentro: contracción, hacia fuera que generó la expansión. Visión que nos dice que la energía buscó el cómo establecerse y crear, Bara. Toda una sabia, compleja y perfecta ecuación que aunque se intenta recrear en estas líneas no es tan sencillo de explicar, pese a que sus manifestaciones están allí en cada intercambio de nuestras experiencias de vida.

Lo importante quizá que debemos aducir es que desde la corona, crear es algo inherente a la condición humana. Lo que implica que como seres, recreamos ideas, sentimientos, objetos y a la vez deseos, que en movimiento en nuestra mentes generan una incesante marea energética. Quienes ven a través del Árbol de la Vida algunos de estos procesos existenciales nos aseguran que desde lo infinitamente pequeño hasta lo inmensamente grande, estamos llamados a hacernos conscientes de lo que somos y de cómo hacemos parte de ese todo y por ello el rol que allí desempeñamos.

Así que en cada interacción y experiencia en este mundo de las imágenes, las ilusiones y los deseos, se encuentra esa Energía primigenia que define nuestro yo y que solo reconocemos hoy a través de nuestro cuerpo, templo del Espíritu que en analogía con el árbol sefirótico está compuesto por tres columnas, la de la derecha, que representa la misericordia, hesed y que tradicionalmente los cabalistas relacionan con Abraham, la de la izquierda que representa el rigor, gueburah, y que relacionan con Isaac y, finalmente, la columna del centro que corresponde a la belleza, tiferet, relacionada con Jacob.

Simbología que nos puede llevar a comprender que somos un conjunto a través del cual debemos asumir el proceso de integración con nuestra conciencia, descifrando para ello los códigos que traducidos desde las letras Hebraicas, que son luz y energía, forman los nombres que le damos a todas las cosas. El Árbol de la Vida nos manifiesta entonces el esquema de nuestro ser, nuestra energía, el modelo sobre el cual establecemos nuestras circunstancias. Bien se dice que el cuerpo humano es un sabio receptáculo de energías en donde todos los órganos están vivos gracias a esa unidad única.

El Texto de Textos nos revela en Apocalipsis 2:7, “el que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso del Creador”.

Oremos para que todo nos sea de provecho para integrarnos al Creador.