El Texto de Textos nos revela en Éxodo 3:15, “además dijo el Creador a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: el Creador, el Señor de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos”.

Ancestralmente el mundo ha tenido la tendencia de ser más politeísta que monoteísta, incluso hay creencias que nos confunden al decirnos que los creyentes tenemos tres deidades, al dividir la unidad de nuestro Padre Celestial y no entenderle como un único Ser trino, perspectiva que incluso se asimila mucho mejor cuando nosotros mismos como personas aceptamos que somos un cuerpo, una mente y un alma.

Él nos hizo a su imagen y semejanza dándonos además el libre albedrio, voluntad que implica una movilidad, unas interacciones, una capacidad de relacionarnos con quien deseamos. Pero Él como Hijo en Jesús, nos dio su palabra, el verbo, el cual nos permite comunicarnos y consolidar una verdad que aún visionando como ilusoria, le da sentido a nuestras existencias y nos integra gracias al Espíritu Santo como intercesor, el cual nos aporta unas emociones, vinculantes que nos permiten integrarnos armónicamente.

Bajo esa mirada somos un cuerpo físico que interactúa, una mente que tiene la capacidad de crear y un ser integrado que gracias a unos impulsos nerviosos siente y por lo tanto, ese todo nos denota que hacemos parte de una Creación a la que nos debemos. Lo que nos permite inducir que deberíamos colocar estos atributos, no al servicio de esas costumbres paganas, idolatras y opuestas al Creador, sino el buscar compenetrarnos a diario con todas esas manifestaciones que algunos traducen en misterios de la divinidad.

Hacemos parte intrínseca de esta trinidad que nos guía, gracias al contacto directo, si se lo permitimos, con el Espíritu Santo, visión que nos puede llevar a comprender mejor esa unidad y un todo que sin embargo percibimos como fragmentos y que nos invita a complementarnos e integrarnos a través de los mandatos del Creador que son más que imposiciones, líneas orientadoras para darle a nuestros hábitos, verdaderos propósitos, unos que guíen nuestras existencias.

Dejar que el Creador nos guie a través de sus diferentes manifestaciones no quiere decir no usar nuestra razón, la cual por el contrario iluminada por la Palabra nos permitirá comprender el para qué incluso de nuestros comportamientos gracias a las enseñanzas de un Padre Amoroso que busca de todas las formas posibles que comprendamos que aun siendo partes no estamos aparte de una única unidad que Él representa.

El Texto de Textos nos revela en Romanos 8:5, “porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra el Creador; porque no se sujetan a la ley del Creador, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar al Creador”.

Oremos en gratitud por la guía que a diario nos da nuestro Padre Celestial.