El Texto de Textos nos revela en I de Reyes 8:27, “Pero, ¿morará verdaderamente el Creador sobre la tierra? He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener, cuánto menos esta casa que yo he edificado”.

El concepto de deseo etimológicamente nos invita a estar sentados, lo cual según algunos historiadores generó también la visión de ociosidad, derivados que nos llevan a darle a dicho termino hoy la connotación de una acción, un impulso motor que hace entre otras cosas que nuestro sistema nervioso se coloque en movimiento, animando con ello una serie de imaginarios disfrazados de anhelos sin los cuales suponemos no solo sentirnos insatisfechos e infelices sino no poder disfrutar de la vida.

Semántica que articulada a lo finito, lo necesario, lo temporal, lo prioritario y nuestro modelo de vida nos lleva a perspectivas difíciles de desentrañar debido a que visionamos un mundo diferente a nuestras propias realidades egoístas siendo necesario replantear hasta nuestro lenguaje en busca de una espiritualidad que accione nuestros deseos hacia el integrarnos al movimiento del Creador, de ser parte de Él, percepción que desde lo material al estar separados de su Deseo Divino nos lleva a suponer que al integrarnos a todo lo material que nos rodea lograremos ese estado de plenitud.

No podemos perder de vista que coexistimos en medio de conceptos finitos y limitados que explican de forma muy incompleta y segada nuestra realidad y que nos demuestran que esos deseos solo nos distraen de una realidad que nos proyecta aparte cuando somos partes de una creación que distorsiona con esa perspectiva mental ilusoria que solo hace que vivamos llenos de mayores deseos que intentamos satisfacer a través de objetos, placeres y circunstancias que alteran temporalmente nuestras emociones pero que al final y por lógica solo nos generan más y mayores insatisfacciones y desilusiones.

La satisfacción como concepto debe acercarnos al Creador a través de nuestra mente que hace una conexión con nuestra alma y con su Espíritu para que el vacío existencial aísle ese egoísmo que nos hace insaciables y enfermos. El tema es tan sencillo que algunos economistas incluso advierten que no necesitamos realmente de nada y que nuestras famosas necesidades básicas se suplen fácilmente con lo que la naturaleza nos ofrece, lo que se traduce en que solo necesitamos del Creador.

Él debería ser nuestro único deseo, satisfacernos en su obra y con esa visión llenar nuestros imaginarios conceptuales, pensamientos, ideas y vida sabiéndonos integrados y cerca de Él, satisfechos con nuestras existencias, lo que implica a su vez que dejaríamos de juzgarnos, de descalificarnos y más bien promoveríamos nuevos deseos sublimes hasta lograr nuevamente ese estado pleno de eternidad que nos denota que somos parte de lo infinito y que nuestra materialidad debe transformarse en espiritualidad.

 

El Texto de Textos nos revela en Romanos 11:33, “¿Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!”

Oremos para que nuestro ser finito se entienda como un Espíritu infinito.