Se dice que en algún lugar de nuestro ser guardamos una enorme esperanza de vida, la misma que algunos científicos reconocen como el instinto de supervivencia, ese que hace que ante algunas pruebas no desfallezcamos y ante ciertas situaciones extremas resguardemos nuestra vida y nuestra integridad. Y aunque no podemos negar que hay personas que prefieren suicidarse, lo cierto es que lo normal y común es que intentemos preservar la vida, tanto que en nuestro día a día pese a los altibajos luchemos logrando buscar la oportunidad de satisfacer nuestras necesidades y coexistir armónicamente.

Una perla cotidiana nos cuestiona: “la vida es causa y efecto, ella se encargara de hacerte saber los errores de tu pasado”.

Cuentan que ante la pregunta que le hicieron a uno de los prisioneros de los campos de concentración de la segunda guerra mundial que sufrieron el hambre, la humillación y que cada día se sabían destinados a morir, al respecto del por qué no tomaron una lata oxidada y se cortaron las venas para terminar dicho sufrimiento, este respondió: – porque en esos momentos extremos uno entiende afortunadamente que es mucho más fuerte la esperanza que la desesperación.

Esas y otras tantas historias nos demuestran que pese a que todos tenemos garantizada la muerte la mayoría de personas deseamos vivir y degustar de todo lo que la vida nos ofrece así en algunas ocasiones cuando nos decaemos se nos nuble esa idea esperanzadora.

El Texto de Textos nos revela en Romanos 6:12, “no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras …

COTIDIANIDADES…

¡nos transformaremos!