El Texto de Textos nos revela en I de Reyes 9:6, “mas si obstinadamente os apartareis de mí vosotros y vuestros hijos, y no guardareis mis mandamientos y mis estatutos que yo he puesto delante de vosotros, sino que fuereis y sirviereis a dioses ajenos, y los adorareis; yo cortaré a Israel de sobre la faz de la tierra que les he entregado; y esta casa que he santificado a mi nombre, yo la echaré de delante de mí, e Israel será por proverbio y refrán a todos los pueblos; y esta casa, que estaba en estima, cualquiera que pase por ella se asombrará, y se burlará, y dirá: ¿Por qué ha hecho así Jehová a esta tierra y a esta casa?Y dirán: Por cuanto dejaron a Jehová su Creador, que había sacado a sus padres de tierra de Egipto, y echaron mano a dioses ajenos, y los adoraron y los sirvieron; por eso ha traído Jehová sobre ellos todo este mal”.

La Fe como fuerza espiritual nos obliga más que a entenderle con nuestra razón a vivenciarla a través de nuestro corazón, lo que a su vez nos dicta que al hablar de fe no se debe entender el concepto desde la lógica de religiones o creencias como sí de un acto a través del cual nos vinculamos con nuestro Creador entregándole nuestra propia vida. Fe que se convierte en gracia al aceptar que Jesucristo nos salvo, nos redimió y nos permite a través de ella el reintegrarnos a la casa de nuestro Padre Celestial.

Ciertamente no merecíamos esa misericordia divina, tampoco somos dignos del perdón de nuestro Creador y menos del merito de sabernos sus hijos, que como don no lo podemos ganar con obras sino que todo ello nos lo entregó Él gracias a la Fe, esa a la que debemos voluntariamente acceder aceptándole como nuestro Señor y salvador. Así fue el plan que diseño nuestro Creador para nosotros consciente que nuestra desobediencia le llevaría a Él mismo a humanarse y hacerse colgar en un madero.

Por la Fe nos distinguimos entre aquellos que le pertenecen al Padre y quienes no, atributo que nos permite acercarnos al Creador, quien se agrada que creamos en Él, conscientes que no le podemos percibir con nuestros sentidos. Fe que adicionalmente le da un sentido a nuestras vidas y nos vincula como hermanos por lo que debemos estar dispuestos a amarnos. Por lo tanto aceptar o no toda la verdad que significa la Palabra del Creador depende exclusivamente de nosotros.

Si entenderíamos todo lo que significa la Fe seria lógico que nos sintiéramos más que orgullosos de haber sido beneficiados para tan alto galardón. Fe que además nos induce a aceptar a Jesucristo quien nos injertó como creyentes en el Árbol de olivo de la Vida, gracia que aunque denota que la incredulidad de muchos continua proliferándose. Por lo cual es por esa Fe que se nos posibilita el ser salvos lo que quiere decir que como creyentes debemos sentirnos más que afortunados por ese don.

Fe que nos debe llevar a la vez a influir en otras personas de una manera positiva, ya que en la medida que ese buen ejemplo se acredite en nuestras familias y comunidades, ella nos guiará a todos hacia la eternidad. Pero más allá de ejercer dichas acciones a la espera de tales retribuciones debemos entender, por Fe, que esa misma buena influencia nuestra afectará a los demás y gracias a esa visión personal que se debe proyectar como general nuestra Creación retornará a su estado divino original.

El Texto de Textos nos revela en Hebreos 11:1, “es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos”.

Oremos para que a diario se aumente nuestra fe.