Hay quienes aseguran que el pasado no perdona pero a la vez quienes nos incitan a comprender que ese mismo pasado con sus experiencias nos invita a crecer, a cambiar y por ende nos perdona lo que hallamos hecho con la condición que corrijamos y a la vez si es el caso enmendemos aquellos aspectos en que hayamos podido afectar a otros. La vida nos invita a diario a comprender que cometemos errores y aunque algunos sean como fruto de nuestras imprudencias, todos tienen la posibilidad de ser corregidos y bajo esa perspectiva el perdón como opción es lo más sano. Seguir lloviendo sobre lo mojado como dice la pedagogía popular no es la mejor opción y menos cuando podemos no solo caer en el mismo lugar sino quedarnos allí en ese lodazal sin ninguna razón.

Una perla cotidiana de Benjamín Franklin nos motiva para que “no cambiemos la salud por la riqueza, ni la libertad por el poder.”

Cuentan que en una cotidianidad se encontraron un par de amigas que hace ya bastante tiempo no dialogaban por lo que una de ellas a medida que le contaba a la otra los más recientes acontecimientos de su vida se echo a llorar de tal forma que la otra simplemente guardo silencio y espero que su vieja amiga se desahogara. Una vez esta se sintió más tranquila la amiga le recomendó: – creo que las lagrimas del pasado no te permiten vislumbrar el camino futuro a seguir.

Y es que en algunas ocasiones nos dejamos guiar por una serie de recuerdos que si bien están allí y nos han hecho en su momento algún daño, ya pasaron por lo que debemos asumir el reto de recibir de dichas experiencias los aprendizaje que necesitamos para continuar y dejar atrás esas heridas que se nos pudieron generar pero que requieren ser sanadas y por ende olvidadas.

El Texto de Textos nos revela en Tesalonicenses 5:19, “no apaguéis al Espíritu”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…

COTIDIANIDADES…

¡nos transformaremos!