El colocarnos a la altura de algo en términos muy generales implica una invitación a estar acordes a las necesidades que tienen los demás y sabernos útiles a esos propósitos para los cuales de una u otra forma hemos sido llamados. Al estar a la altura de las situaciones estamos prestos a mirar el mundo desde perspectivas similares a las que tienen quienes se encuentran acompañándonos en dichos momentos, lo que no quiere decir pensar igual pero si intentar que todas las visiones se sumen para encontrar mejores posibilidades comunes. Y es que colocarnos a la altura de una situación es la mejor forma de entender a los demás y buscar a la vez con sanos argumentos ser entendidos.

Una perla cotidiana de Cicerón nos explica que, “no basta con alcanzar la sabiduría, es necesario saber utilizarla”.

Cuentan que cuando al caricaturista se le solicitó un dibujo en donde invitara sarcásticamente a los padres a entender más a sus hijos, este plasmó en el papel la bella figura de una madre y de un padre agachándose juntos y ya de rodillas abrazando a su niño pequeño el cual lloraba para luego titular esa escena como: – él solo necesita que estés a su altura.

Válida propuesta que nos incita a estar a la altura de los demás, no para igualarnos a los actos agrestes que nos puedan proferir, sino por el contrario para entender a esos seres desde su propia perspectiva y para además colocarnos en sus propios zapatos y así poder apoyarles para poder transformar desde sus propios pensamientos aquellas visiones equivocadas que puedan tener.

El Texto de Textos nos revela en I de Corintios 6:2, “¿o no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas?”

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…

COTIDIANIDADES…

¡nos transformaremos!