El Texto de Textos nos revela en Daniel 7:26, “Pero se sentará el Juez, y le quitarán su dominio para que sea destruido y arruinado hasta el fin, 27 y que el reino, y el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán. 28 Aquí fue el fin de sus palabras. En cuanto a mí, Daniel, mis pensamientos me turbaron y mi rostro se demudó; pero guardé el asunto en mi corazón”.

Cuando se habla de Profecía se entiende esta como una predicción divina, contexto que para algunos creyentes dejo de suceder luego de que a Juan el apóstol se le revelara el apocalipsis. Pero más allá de aceptar o no esta perspectiva, la historia Bíblica esta llena de profetas, que nos dejaron una gran advertencia: arrepentirnos y cambiar. Se nos ha dicho desde Noé a Can su hijo del cual deriva el pueblo de Cannam, a Sidón o los Fenicios, posteriormente a los Jebuseos y a todas las generaciones sucesivas el mismo mensaje que parece no queremos entender y seguimos contaminándonos con idolatrías que como la imagen del Toro Androcéfalo solo nos alejan más y más del Creador.

Somos pecadores y bajo esa mirada hemos preferido obviar no solo las enseñanzas de nuestros profetas o patriarcas Abrahán, Isaac, Jacob y los mandatos del Creador esos que aun intentan preservar el pueblo de Judá, hijos también de Benjamín por lo que pareciera ni a ellos ni a nosotros nos sirvieran estos de Luz. Profecías dadas a las diez tribus restantes del pueblo de Israel aposentadas en Samaria para reiterarnos que al dejar de adorar al único Creador no atendemos su Reino al negarnos a obedecer.

La historia es la misma, la cual nos denota una serie de grandes ciudades sodomizadas desde la Antigua Babilonia: Nínive, la Nueva Babilonia, Perselopolis, Alejandría las que comparadas con las actuales metrópolis como New York nos sirven de modelo de paganización atándonos así a los mismos pecados, esos que siguen perpetuando aquellas creencias paridas desde Babilonia, Siria, Persia, Grecia y su helenismo, Alejandría, Roma y ahora popularizadas en las nuevas generaciones de Europa y los Estados Unidos, esas que se expanden en todo el mundo haciéndonos creer como natural y legal lo que es realmente pecaminoso y anormal.

No es cuestión de fanatismos religiosos y menos de enfocarnos solo en esa profecías apocalípticas mas una observación juiciosa de nuestras actuales construcciones, torres y edificios, así como las grandes estatuas que se levantan hacia el cielo, cual cohetes nos recuerdan que no atendemos las profecías que nos dictaminaron la caída de la torre de babel y que seguimos provocando al Creador, retándole intentando ser superiores a Él.

Nuestro ego de siete cabezas que enaltece esos nuestros reinos nos hace pensar que podemos cogobernar el mundo sin sus mandatos. Por lo que aunque ya no tengamos esos grandes profetas en cuerpo presentes el mensaje sigue siendo el mismo: para recordarnos que estamos muy equivocados y que vamos por un pésimo camino pese a los anuncios, revelaciones y hasta manifestaciones divinas para que nuestras acciones se transformen.

El Texto de textos nos revela en Apocalipsis 1:10, “Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, 11 que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea”.

Oremos para que no sea tarde cuando por fin escuchemos a nuestro Creador.