Los conceptos populares que hablan de personas buenas y otras malas nos han llevado a pensar que las cosas deben llegar por destino, por que sí y no como fruto de un esfuerzo. Y aunque es probable que si nos comparamos con otros seres humanos supongamos que esas personas son más o menos afortunadas que nosotros, también lo es, que cada quien debe vivir su propia vida y más allá de los méritos que suponga merecer como fruto de sus propios pensamientos o angustias cada quien recibirá no solo lo que necesita para su crecimiento integral sino a la vez lo que ha venido sembrado.

Una perla cotidiana nos invita a que “las contrariedades nos alienten y los obstáculos nos engrandezcan”.

Cuentan que según el Nobel de economía Joseph Stiglitz: “el noventa por ciento de los que nacen pobres, mueren pobres por inteligentes y trabajadores que sean, así como el noventa por ciento de los que nacen ricos mueren ricos por idiotas y haraganes que sean, por ello el investigador concluye que el merito no tiene realmente valor alguno”.

Y aunque es una posición de un hombre estudioso de este tipo de temas quizá lo más importante de esa visión es comprender que no se trata de pobreza o de riqueza como si de esfuerzo, entendiendo que lo trascendente no se inscribe en el resultado sino en el diario proceso que nos lleva esforzarnos arduamente para alcanzar unos objetivos que cada vez se deben articular más no tanto a la obtención de recursos como sí a generar bienestar general.

El Texto de Textos nos revela en Hebreos 13:4, “honroso sea en todos el matrimonio y el lecho sin mancilla, pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará el Creador”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…

COTIDIANIDADES…

¡nos transformaremos!