El Texto de Textos nos revela en Jeremías 23:10, “Porque la tierra está llena de adúlteros; porque a causa de la maldición se ha enlutado la tierra, se han secado los pastos del desierto. Pues es mala la carrera de ellos y su poderío no es recto”.

Vivimos en una dimensión simbólica en donde nuestros juicios de valores son sesgados por sentimientos y percepciones. Limitaciones que constituyen lo que reconocemos como lenguaje que se traduce en vivencias, las cuales se fundamentan sobre dicha simbología con la que intentamos explicar subjetivamente un mundo que simplemente vislumbramos como una proyección de esos imaginarios y conceptos con los cuales hemos ido constituyendo nuestra histórica realidad.

De allí que si tomamos cualquiera de estos símbolos o signos y profundizamos en sus contenidos podríamos entender que aunque él consolida nuestra comunicación e incluso aporta en las interacciones conscientes que de desde esa lógica se desprenden, también nos puede generar unas relaciones y unos efectos de vida que vale la penal revisar a diario, especialmente para evitar todas esas malas palabras, groserías, frases altisonantes, vulgaridades, insultos y todo aquello que agreda de alguna forma a los demás transformando así esas expresiones despectivas, descalificadoras o degradantes.

Y es que cada signo y símbolo nos puede aportar algo nuevo, como el caso del pez que usan algunos cristianos y que mirado desde su esencia que nace de la unión de dos letras del alfabeto original Hebreo, dalet y guimel, forma la palabra dag, pez para denotarnos que es necesario alejarnos de todos esos pre concepto donde nos mal entendemos como caídos o hasta sepultados y despreciados o partes del bajo mundo para más bien resucitar con Jesucristo que cual pez une con el misterio de su resurrección al cielo y la tierra.

Quienes estudian la gematria nos hablan además que esta palabra hebrea equivale al siete, por lo que se entiende como el número del alma, del mundo que le contiene y que transmite el pensamiento divino. Metáforas que nos deben incitar a atender el mensaje de amor de Jesús y así a alejarnos de todo aquello que siendo ofensivo, no debe salir de nuestra boca, ya que todas las expresiones guardan una intención así nosotros no queramos darle esta o no seamos capaces de medir los complejos efectos de ellas.

Nuestras subjetividades traducidas en símbolos, signos, imaginarios, un lenguaje nos invitan a recrearnos en un nuevo mundo gracias a otro tipo de expresiones en las cuales fluyamos amorosamente, entendiendo que aunque como peces no reconocemos esa agua de vida que nos circunda, ella es la que permite nuestra movilidad. No olvidemos que fuimos creados con palabras lo que quiere decir que no debemos decir, ni pensar palabrotas, porque somos hijos del Creador, hechos a su imagen y semejanza.

El Texto de Textos nos revela en I de Juan 3:18, “queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad”.

Oremos para que nuestras palabras sean dignas de ser recordadas en el cielo.