Y es que regularmente no somos nada conscientes de todo lo que aprendemos a diario gracias a nuestras percepciones, por el contrario, dejamos que muchas cosas que observamos y que escuchamos se graben en nuestro ser y no nos damos cuenta de los efectos en ocasiones nocivos que ello puede generar para nuestras vidas. Es el caso de una serie de palabras y acciones groseras y agrestes que vamos dejando que se vinculen a nuestros hábitos y que luego reproducimos haciéndoles daño con ellas además a nuestros seres queridos. De allí la importancia de hacernos más que conscientes de cientos de inconciencias que se impregnan a nuestros seres y que se consolidan como partes de nosotros aun sin que así lo pretendamos.

Una perla cotidiana nos dice que “quien se siente mejor que otros debe aprender de los defectos de los demás para mejorar sus propios errores”.

Cuentan que se cree que aprendemos más de lo que enseñamos a otros que de lo que nos enseñan y que por ende nuestros mayores crecimientos derivan porcentualmente del hacer, ese que se denota especialmente cuando interactuamos con otros. Proceso que además despierta nuestra visión, escucha y percepción, lo que nos demuestra que si hacemos una revisión porcentual de nuestro aprendizaje cotidiano obtenemos que la lectura o los procesos formativos normales en donde se insiste en que repitamos como loros aquello que no deseamos aprender, no es lo que más nos aporta.

No se trata de descalificar las enseñanzas que se nos dan en las instituciones educativas y menos el valor que tiene leer, pero si hay que comprender que aprendemos más del ejemplo, de lo que observamos, de todo lo que percibimos y que inconscientemente capturamos siendo toda esa amalgama de conocimientos lo que motiva nuestras futuras acciones.

El Texto de Textos nos revela en I de Juan 4:8, “ el que no ama, no ha conocido al Creador; porque Él es amor”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…

COTIDIANIDADES…

¡nos transformaremos!