El Texto de Textos nos revela en II de Crónicas 7:15, “Ahora estarán abiertos mis ojos y atentos mis oídos a la oración en este lugar; 16 porque ahora he elegido y santificado esta casa, para que esté en ella mi nombre para siempre; y mis ojos y mi corazón estarán ahí para siempre. 17 Y si tú anduvieres delante de mí como anduvo David tu padre, e hicieres todas las cosas que yo te he mandado, y guardares mis estatutos y mis decretos, 18 yo confirmaré el trono de tu reino, como pacté con David tu padre, diciendo: No te faltará varón que gobierne en Israel”.

Los seres humanos no nos sentimos tan ligados a la tierra pese que de allí nace nuestro nombre probablemente por ello solo una parte de nosotros depende de dicho polvo. Y es que realmente nuestro verdadero hogar esta en los cielos, lo que nos invita a olvidarnos de los conflictos limítrofes que han llenado de disputas nuestra historia siendo una de las principales la que tiene que ver con la tierra prometida: Israel, que ha visto en la destrucción de Jerusalén la terrenal una constante.

Insinuación divina quizá para que recordemos que estamos llamados a regresar al estado perfecto desde el corazón. Lo que quiere decir alcanzar esa visión de la nueva Jerusalén en donde podemos alabar de mil formas y en cientos de lugares al Creador, sin que sea necesario para ello un espacio geográfico como nos lo explico nuestro Señor Jesucristo quien nos denoto que en nuestro cuerpo encontramos ese templo para reconectándonos a Él purificándonos desde nuestro ser interior para consolidar una tierra en paz y armonía que aporte lo mejor de nosotros ya no solo para nuestras conveniencias.

La palabra Israel en su esencia significa: Isra, directo y ÉL hace referencia entonces al mismo Creador, lo que podemos nos proyecta hacia Él palabra, invitación no solo para un pueblo heredero de la promesa de Abraham sino para nosotros para que a diario enfoquemos nuestras vidas directo hacia el Creador. Desde esta mirada Jerusalén como ciudad quiere simboliza un estado de perfección o meta, lo que deberíamos traducir como un objetivo para llegar al Creador a través de la búsqueda de vivir en un estado perfecto entre todos nosotros los seres humanos gracias al amor como próximos.

Así las cosas podríamos también bajo esa misma lectura aceptar que el templo como centro de oración y encuentro con el mismo Creador, implica ese estado perfecto de amor bajo el cual todos debemos convivir. Visión para reafirmar que nuestro cuerpo es templo para fijar nuestro ser hacia Él retornando a ese estado perfecto del que nos separamos voluntariamente por retroalimentarnos del conocimiento del bien y del mal, lo cual solo distrae materialmente nuestro ego y que nos aleja de nosotros mismos.

Y aunque hay otro tipo de creencias que nacen de las destrucciones y reconstrucciones tanto del templo como de la ciudad, las cuales provocan todo tipo de zozobra, y que afirman la pronta tercera reconstrucción de este en donde podrá ese pueblo sentirse más que cercano al Creador. Nosotros los creyentes entendemos que esa nueva Jerusalén no es terrenal por lo que desde aquí y ahora podemos coexistir en esa realidad fraternal que incluso se debe contemplar desde nuestros templos corporales y corazones a diario.

El Texto de Textos nos revela en Apocalipsis 21:3, “Oí una potente voz que provenía del trono y decía: «¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada del Creador! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; el Creador mismo estará con ellos y será su Señor y Creador”.

Oremos para que esa tierra nueva empiece a florecer desde nuestros corazones.