Hay quienes consideran que para ser felices necesitamos cierto tipo de estándares como por ejemplo adquirir algunas posesiones o alcanzar algunas posiciones sociales que nos posibilitan un cierto disfrute al que no alcanza la mayoría, pero dicha postura un poco egocéntrica se aleja de lo que realmente debe ser la felicidad que como estado interior no debe depender más que de nuestra actitud para con la vida, la misma que agradece a diario simplemente por estar vivos y así degusta de todo lo que vivir significa. Por lo tanto no sigamos buscando razones de fondo para ser felices cuando contamos con miles de posibilidades de forma para darnos cuenta que por el solo hecho de existir ya deberíamos estar satisfechos.

Una perla cotidiana nos reitera que, “sólo el hombre íntegro es capaz de confesar sus faltas y de reconocer sus errores”.

Cuentan que cuando el músico empírico fue a enseñar a la escuela de artes se encontró con una serie de tutores que le insistían a sus alumnos en la necesidad de entender la música que se proponían interpretar por lo que este en una reunión privada les dijo: – error funesto en mi concepto es decir que hay que comprender la música para gozar de ella. La música no se hace, ni debe jamás hacerse para que se comprenda, sino para que se sienta.

Y aunque son formas de entender tanto la música como la vida, es importante entender que el deguste de lo que somos, tenemos y hacemos va un poco más allá de nuestras reflexiones diarias y se inserta también en el mundo de nuestras emociones y sentimientos siendo necesario armonizar nuestro ser para que aprecie todo lo que le acontezca sin necesidad que para ello exista una razón.

El Texto de Textos nos revela en Nahúm 1:7, “El Señor es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…

COTIDIANIDADES…

¡nos transformaremos!