Desafortunadamente en ocasiones nos olvidamos de agradar a los otros y por el contrario y si darnos cuenta les agredimos para lo cual no necesitamos de mucho esfuerzo. Incluso inconscientemente tenemos la tendencia a generar malestares en los demás por el solo hecho de no ser capaces de agradarnos ni siquiera a nosotros mismos, a la espera que sean esos otros los que no la hagan mejor. Y cuando no se cumplen esas expectativas entonces, nos llenamos de sentimientos adversos y nos proponemos desagradarles las vidas a quienes no tienen la culpa de nuestros propios fracasos y decepciones.

Una perla cotidiana nos recuerda que “regularmente cantidad es calidad”.

Cuentan que cuando la mujer decidió separarse de su esposo cansada que este la agrediera, él la llamó mentirosa, ya que según sus criterios nunca le había golpeado, a lo que ella le respondió: – para agredir y violentar a alguien no es necesario golpearlo, ya que con solo una palabra se hace daño, hasta un silencio duele y que decir de los efectos de una traición o del dolor que nos genera el desprecio y la indiferencia.

Que maravilloso seria si en vez de agredirnos nos dedicáramos a agradarnos la vida y con ello a hacer que la armonía sea la constante de nuestras interrelaciones y no el conflicto. Cuando logramos esos estadios de tranquilidad a la vez nos hacemos gratos para con el mismo universo que nos ha otorgado la oportunidad de sabernos vivos.

El Texto de Textos nos revela en I de Corintios 16:13, “velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos. Todas vuestras cosas sean hechas con amor.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras …

COTIDIANIDADES…

¡nos transformaremos!