En algunos momentos de nuestro día a día hablamos por hablar y lo triste de ello es que no medimos los efectos de nuestras palabras con lo cual no solo agredimos a los seres  a los que queremos darles lo mejor de nosotros sino que hasta les herimos. Lo triste de este tipo de acciones es que nos cuesta reconocer ello y tanto es esa falta de consecuencia, que hasta los seguimos juzgando como complicados o absurdos cuando estamos llamados es a enmendar nuestras fallas y así intentar mantenernos en los propósitos armónicos de agradar las existencias de esas personas en vez de agredirlas.

Una perla cotidiana de Gustavo Adolfo Bécquer nos dicta; “el alma que habla con los ojos también puede besar con la mirada”.

Cuentan que en una cotidianidad el padre llegó cansado de su trabajo y se encontró con que su esposa después de una ardua jornada en casa se encontraba molesta pues se le habían quemado los panecillos de la cena, sin embargo este les puso mermelada y los saboreo agradeciéndole a ella por estos. Desconcertado el adolescente hijo que se había quejado por el descuido de su madre, le preguntó a su padre a solas si realmente le habían gustado dichos panes quemados a lo que el padre respondió: – un panecillo quemado no hace daño, pero las palabras sí.

Nuestras palabras son tan o más peligrosas a la hora de ser lanzadas de nuestras bocas como cualquier otra acción cargada de fuerza o furia con la cual agredimos a otros seres humanos, por lo tanto debemos comprender que para herir o lastimar a alguien no necesitamos pegarle sino que con una simple palabra mal intencionada podemos propinarle peores lesiones, lo que no tiene razón de ser ya que el objetivo interelacional de vida siempre será fraternizar.

El Texto de Textos nos revela en Mateo 15:17, “¿no entendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre, y es echado en la letrina? Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre”.

Aquí y ahora, tenemos la oportunidad de decidirnos por valorar el aprendizaje que nos ofrecen nuestras…

COTIDIANIDADES…

¡nos transformaremos!