El Texto de Textos nos revela en Éxodo 4:22, “entonces dirás a Faraón: Así dice el Creador: Israel es mi hijo, mi primogénito”.

Las genealogías Bíblicas nos hablan de una línea sucesoral que parte de Adán y Eva y que aunque después de Jesucristo parece perderse cronológicamente hablando, no es así lo cual nos obliga a una revisión exhaustiva desde nuestros ancestros gracias a nuestro árbol genealógico que regularmente reconocemos empieza con nuestros padres, luego pasa por abuelos y sigue con: bisabuelos, tararabuelos, choznos, pentabuelos, hexabuelos, heptabuelos, octabuelos, nonabuelos en fin una serie de antepasados que incluso van más allá de los decabuelos y que se podrían traducir en extensas listas de más de dos mil familiares, de los que desconocemos muchas cosas imposibles de reflexionar.

La Biblia misma cuenta con una cronología que nos denota que después del diluvio los hijos de Noé, ancestros nuestros, iniciaron un nuevo ciclo para nuestra especie humana, perspectiva que nos lleva a entender que hacemos parte integral de todos los aciertos y desaciertos de nuestros antepasados y que ojala nosotros empecemos a dejarle a las nuevas generaciones una nueva hoja de ruta con lo mejor nuestro o de lo contrario las próximas diez generaciones directas probablemente y como nos esta sucediendo a nosotros serán más que dominados por la incertidumbre de seguir alejados de Él.

Bajo esa mirada cuando hablamos de un legado, debemos tener en cuenta que hay todo un conjunto de situaciones, circunstancias, cosas, ideas, costumbres, creencias y tradiciones que una persona o generación transmite a la otra, la que le sigue, siendo nuestro deber ocuparnos de denotarles a nuestras crías que existe un ámbito espiritual que hemos descuidado y el que deben desarrollar como prioridad, a la par con todos esos avances materiales mercantiles que solo nos distraen de este tipo de búsquedas interiores.

Las luchas, guerras, hambres y dificultades que la historia nos presenta a groso modo y que hacen parte de las vivencias de esos nuestros antepasados, solo nos demuestran que hay que hacer un viraje y reorientarnos con toda nuestras fuerzas hacia el amor: las alegrías y estímulos fraternales que también heredados de ellos, son nuestras nuevas herramientas para que quienes continúen el sendero de lo humano después de nosotros encuentren motivos no solo para agradecernos sino para seguir perpetuando nuestra estadía en esta tierra pero como verdaderos hijos del Creador.

Por lo tanto reflexionar en nuestro árbol genealógico debe servirnos para entender que esa historia genética que nos conforma con sus pro y sus contra, es mucho mejor si tenemos como referencia al Árbol de la Vida: Jesucristo, quien debe convertirse en modelo, objetivo y guía para retornar al lugar de donde nos separamos originalmente, y para lo cual necesitamos no solo dejar de retroalimentarnos del conocimiento del bien y del mal sino a través de nuestra fe, el relacionarnos directamente con su Espíritu.

El Texto de Textos nos revela en Filipenses 2:5, “haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma del Creador, no estimó el ser igual al Creador como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.

Oremos por nuestros ancestros siendo gratos para con todos sus esfuerzos.