El Texto de Textos nos revela en Daniel 9:20, “Aún estaba hablando y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramaba mi ruego delante de Jehová mi Creador por el monte santo de mi Creador; 21 aún estaba hablando en oración, cuando el varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, volando con presteza, vino a mí como a la hora del sacrificio de la tarde. 22 Y me hizo entender, y habló conmigo, diciendo: Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento”.

La historia de los reyes magos nos ofrece diferentes enseñanza, una nos dice que Baltasar  entregó oro a Jesucristo en su nacimiento, al considerarlo Rey de Reyes, que Gaspar le dio incienso, pues se trataba del hijo del Creador y a las divinidades se les rinde culto en los altares quemando incienso, mientras que Melchor le otorgó la mirra por que como hombre Él moriría joven, siendo necesaria esa resina para que ungieren el cuerpo sin vida cuando llegase el momento del deceso, perspectiva que nos invita también a nosotros como creyentes a ofrecerle algo a nuestro Creador.

Hay quienes consideran desde otra mirada que estos tres reyes, filósofos y astrólogos provenientes de Arabia, la India y Persia cumplieron con otro propósito ese que luego de su visita les convertiría en portadores para esas otras creencias de estas buenas nuevas, las cuales siguen manifestándose a todos los reinos del mundo pero que debido a nuestras confusiones, mitos y ritos nos siguen llevando a pedir incluso pruebas en vez de dar de lo mejor de nosotros, si se trata más de ofrecer.

Ofrecimiento que desde el relato de la estrella de la Anunciación nos motiva a ver allí mas que el símbolo de la unión de todos los trabajos que realiza el ser humano a lo largo de su vida con los cuatro elementos de la Creación, una quinta esencia que tiene que ver con la perfección de nuestra tarea humana, que nos obliga como dicho reyes magos a postrarnos ante el neonato, y gracias a esa fe renaciente compartir ese amor con nuestros próximos.

Él como Árbol de Vida, no requiere de nada más si estamos llamados a ofrecerle todo nuestro oro, bienes; nuestro incienso, esfuerzos y sacrificios y; toda nuestra mirra, dones y deseos para lograr nuestra pureza espiritual se sume a nuestra voluntad que es Vida y Acción para lograr nuestra elevación y constante motivación de sabiduría, lo que implica una transmutación y liberación de todas esas tendencias inferiores que regularmente nos dominan simplemente porque no estamos dispuestos a ofrecernos.

Si queremos seguir con ese tipo de tradiciones deberíamos más que dar regalos de reyes como hacen algunas costumbres, el buscar establecer un verdadero vínculo entre nuestra alma, nuestra psique y nuestros deseos, intentando que todos esos anhelos de fraternidad y servicio, se proyecten a diario como nuevos modelos de vida para que construyamos en este mundo una mejorada realidad espiritual permanente.

El Texto de Textos nos revela en Mateo 2:1, “cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él”.

Oremos para que reine en nuestros seres únicamente Jesucristo.