El Texto de Textos nos revela en Deuteronomio 10:16, “ circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz. 17 Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Creador grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; 18 que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido”.

 

Se cree que la palabra deseo viene de conceptos como sideral, quizá, como una forma de recordarnos que nuestro mayor anhelo es retornar al Creador. Pero lo más interesante de esa visión es que se dice que cada una de esas motivaciones expresadas a través de nuestro lenguaje provoca una serie de nombres o denominaciones que llevan implícitas de una u otra forma dichas manifestaciones divinas a través de las cuales podemos encontrar los destellos del Creador para alcanzar ese objetivo integrador.

Bajo esa mirada hay quienes además afirman que estamos presos de la dimensión del lenguaje en donde todo se circunscribe a recrearnos en la Palabra del Creador por lo cual cada expresión emitida por nuestros labios proviene de esa raíz lingüística de la cual deberíamos beber a diario para que incluso nuestras coexistencias se armonicen con la Luz creadora.

Probablemente por ello cuando comprendemos la grandeza de cada palabra que decimos y utilizamos todas las letras de nuestro lenguaje de forma coherente y consciente y nos fusionamos con los pensamientos Divinos vamos comprendiendo los propósitos de este mundo y con ello nos vamos recreando en otro tipo de realidades en donde la vida cobra nuevos y mejores sentidos. Cada impulso vocal o nombre que emana de la Palabra del Creador la convertimos en deseo con lo cual terminamos dándole a nuestras existencias esos fines que deberían corresponder a lo que el mismo Creador proyecto para nosotros.

Este mundo material llamado por algunos estudiosos como Assiyá dentro de las cuatro dimensiones en que se cree existimos actualmente, nos invita en cada palabra a movernos hacia un deseo principal que es el de vincularnos nuevamente a través del fluir del amor con nuestra esencia y de esa manera evitar que otro tipo de ilusiones narrativas que históricamente nos han separado hasta de nosotros mismos no sean las que cogobiernen nuestros pensamientos.

Seguir usando nuestro lenguaje para distanciarnos aun más de Él logrando con ello cohabitar en nuestro mundo de ilusiones y deseos que nos esclavizan y que poco o nada tienen que ver con los propósitos divinos, es uno de los errores milenarios que no debemos seguir cometiendo más, para reorientar nuestras vidas gracias a la Palabra del Creador y los preceptos y mandatos allí implícitos en pro de despertar otros deseos y búsquedas que nos inciten a diario a estar cada vez más cerca de Él.

El Texto de Textos nos revela en II de Timoteo 2:22, “Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor”.

Oremos para desear más lo divino que lo humano.