El Texto de Textos nos revela en Zacarías 13:2, “Y sucederá aquel día, declara el Creador Señor de los ejércitos, que eliminaré de la tierra los nombres de los ídolos, y nunca más serán recordados; también yo quitaré de la tierra a los profetas y al espíritu inmundo”.

 

Hemos asimilado una serie de influencias y creencias paganas en nuestros lenguajes y comportamientos, programación que data desde tiempo anteriores al imperio Romano que fusionó estas y otras posturas con sus propias contradicciones, lo que ha hecho por ejemplo que el deseo de un emperador como Julio César cambiara los calendarios haciendo que febrero fuera el comienzo del año nuevo con el equinoccio de primavera o que el solsticio de invierno pasara a enero donde para el senado romano comenzaba el año oficial, obviando por esos impulsos políticos los temas relacionados a la órbita de la Tierra.

Así es como Februarius, que procede del latín februa, hace referencia es a una serie de festivales de la purificación celebrados en la antigua Roma, la misma que de alguna manera nos impuso criterios para que aunque no tengamos en cuenta conscientemente nos han alejado de la verdadera Luz del Creador para iluminar nuestros contaminados hábitos plagados de todo tipo de oscuridades y vacíos, los que a su vez representamos en deseos y pensamientos separados de esos mandatos divinos. Cuidémonos más de seguir llenándonos de esas impurezas mercantiles para que podamos volver a integrarnos a Él.

La historia nos proyecta que al obviar las manifestaciones divinas nuestras idolatrías plagadas de incoherencias nos propusieron depender de un calendario que pasó del Quíntilis y Séxtilis renombrados como Julio y Agosto, en honor de Julio César y César Augusto y a que nuestros meses tuvieran entre 30 y 31 días siendo Febrero el único que quedó corto para con esa cuenta completar cada cuatro años los tiempos descuadrados de nuestros calendarios, llamando a estos años bisiestos.

Y aunque parece un tema de forma, es de fondo, ya que de acuerdo a la Torá el quinto mes de Shevat, שבט o undécimo del antiguo calendario, que es una época de lluvias en Israel nos llama a recordar la importancia de limpiar nuestros seres, purificarnos. Siendo este liquido el mejor instrumento para ello, es por ello que simbólicamente en el bautizo nos sumergimos en agua como recordatorio de dicho acto el cual desde el vientre de nuestras madres y a través de ese proceso nos llama a nacer de nuevo a renovamos.

Deberíamos buscar que todas las temporadas de nuestras vidas coincidan con la visión del año cuarenta y con el día uno del undécimo mes, en donde Moisés le hablo al pueblo exponiéndoles todo lo que el Creador les había mandado con respecto a mantenerse puros. En vez de seguir prefiriendo el dejarnos permear con vivencias de otros ritos, en donde romanos y Babilonios nos siguen invitando a adorar astros, deidades humanas, reyes y a conmemorar con nuestras festividades costumbres profanas que al seguir perpetuando con nuestros calendarios solo nos mantiene impuros.

El Texto de Textos nos revela en Filipenses 1:15, “algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda; pero otros de buena voluntad”.

Oremos para que el Espíritu del Creador nos purifique de tantas palabras, pensamientos y acciones que a diario ejecutamos y que van en contra de los mandatos divinos.