El Texto de Textos nos revela en Isaías 48:12, “Óyeme, Jacob, y tú, Israel, a quien llamé: Yo mismo, yo el primero, yo también el postrero”.

Algunos estudiosos de la historia humana afirman que nuestros periodos de desarrollo han sido cíclicos, presupuesto que nace de observar cómo una buena cantidad de hechos históricos se repiten a través de los diferentes periodos de esas vidas humanas, lo que nos permite deducir a groso modo que estamos presos de una serie de situaciones reprogramadas que se reiteran de generación en generación.

Perspectiva que además se demuestra al analizar las diferentes civilizaciones existentes que a través de sus periodos han pasado por un inicio, un desarrollo de sus ideales hasta finiquitar luego y casi siempre en un proceso de decadencia, que solo logro que ese pueblo desapareciera dejando algunas de sus costumbres mezcladas en la nueva civilización que floreció con el fenecimiento de aquella a la que derroto.

Sustentándose en estas y otras miradas, podría alguien pensar que ya deberíamos ser más conscientes de los reiterados errores tanto de nuestros lideres, pueblos y ancestros que regularmente han estado plagados de ritos, mitos e idolatrías a todo, obviando que tenemos un solo Creador que nos dice que para este mundo hay un principio y hay un final limitado por cierto, pero que al lado suyo tendremos una eternidad en donde ya no existirán las edades, las épocas, las situaciones, las costumbres pero sobre todo el pecado.

Quienes primero desconocieron esto fueron nuestros ancestros Adán y Eva pero más que culparles a ellos, somos nosotros los que seguimos obviado todos estos conocimientos y gracias a ello nuestras historias han desembocado en guerras, catástrofes y muertes. Lo que demuestra el no querer aprender de nuestros errores y el seguir repitiendo nuestros fracasos en ciclos reprogramados que nos llevan a no tomar decisiones transformadoras sino a que nuestros inconscientes colectivos sean los que nos desvíen.

Los ciclos de la historia están plagados de distorsiones interpretativas que sin embargo han sido reiterativas en mostrarnos que nos mantenemos en los mismos errores egocéntricos queriendo ser dioses a través de nuestro conocimiento. Mal endémico al que llamamos ego y que debiendo olvidarlo preferimos obviarlo para repetirnos en nuestras historias nefatas alejados de nuestro Creador.

El Texto de Textos nos revela en Hechos 7:1, “porque este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que salió a recibir a Abraham que volvía de la derrota de los reyes, y le bendijo, a quien asimismo dio Abraham los diezmos de todo; cuyo nombre significa primeramente Rey de justicia, y también Rey de Salem, esto es, Rey de paz; sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre”.

Oremos para que sea el fin de la historia el que nos permita el retorno a nuestro principio.