El Texto de Textos nos revela en Proverbios 18:22, “el que halla esposa halla el bien, y alcanza la benevolencia del Creador”.

Mucho se habla de la importancia de la familia, probablemente porque dentro de ella logramos alcanzar los máximos estados del amor, ese que aunque se viste en ocasiones de diversas emociones y pasiones, finalmente nos denota que gracias a la unión de una pareja que aprenden a complementarse a través de sus búsquedas cotidianas, vamos  descubriendo nuestros propósitos y con ellos trascendiendo los aspectos biológicos que nos confrontan desde lo intelectual, emocional, psicológico, hasta llegar a lo espiritual.

Sin embargo en nuestras sociedades parece que olvidáramos esta máxima a través de la cual nuestro Creador nos forma y por el contrario, a medida que en el día a día se empiezan a denotar rupturas entre las parejas y a apreciar, por lo tanto nuestras diferencias, las comunidades prefieren el promover todo tipo de distanciamientos y separaciones. Olvidando nuevamente que es el dialogo y la auto evaluación permanente los insumos Bíblicos que generan los cambios necesarios para que esa tensiones nos aporten.

La Palabra del Creador es clara para advertirnos que la fuente de la identidad masculina-femenina está más allá de nuestra naturaleza o formación y se encuentra implícita en nuestras almas las cuales fusionadas a nuestros cuerpos hacen que aunque existan diferencias aparentemente de fondo, no lo son, ya que aun siendo distintos e incluso hasta pareciendo opuestos, ello solo cumple con el propósito de complementarnos.

Los eruditos nos recuerdan que las almas de los seres humanos deben cumplir con la finalidad de la trascendencia divina; pero son claros en advertirnos que las de las mujeres deben hacerlo con la inmanencia divina, lo que quiere decir que mientras la trascendencia es la cualidad divina de estar más allá, la inmanencia implica estar presente, lo que conjuga estos dos aspectos físicos masculinos y femeninos con la divinidad para lograr que el hombre y la mujer respectivamente fundamente su seres en el reino humano.

Mirada que nos debe servir para entender que como cada persona es única y las generalizaciones no nos identifican del todo, debemos asumir esa distinción no desde las posturas de varón y mujer que espiritualmente no existen sino logrando que esos dos personajes aparentemente opuestos se integren, ya que se necesitan. Lo que se traduce en que el hombre cumpla el rol de dar proporción y dirección en la relación y las mujeres por su capacidad deben mantener el orden del matrimonio. Por lo cual en vez de disgustarnos estamos llamados a degustarnos permanentemente.

El Texto de Textos nos revela en Lucas 11:13, “pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!”

Oremos para que nuestras relaciones sean complementarias y no suplementarias.