Día 37 de la Cuenta del Omer

 

El Texto de Textos nos revela en Génesis 14:18, “entonces Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Creador el Altísimo, sacó pan y vino; 19 y le bendijo, diciendo: Bendito sea Abram del Creador el Altísimo, creador de los cielos y de la tierra”.

Un sacerdote es una persona encargada de realizar una serie de labores consideradas como sagradas y desde esa mirada hay uno especial que para el Pueblo Judío es Melquisedec, delegado según estas creencias ortodoxas por el Altísimo para estos fines. Desde dicha genealogía se habla de Malki Tzedek, מלכי – צדק, título o apodo de Sem, Shem, hijo de Noé, Noaj, heredero genético de nuestra estirpe y el cual debía trasmitir los preceptos y mandatos del Creador luego del diluvio.

Según los eruditos a Sem se le doto de los dones para dirigir y trasmitir las leyes Noájicas que se le entregaron a su padre en el Arca y que luego replicaron los patriarcas. No es gratuito que se especule que Sem fue un ser espiritualmente superior a sus hermanos, tanto que se cree nació circuncidado. Lo importante sin embargo es que él fue escogido para desempeñar el cargo de cohen, sacerdote y ministro por encima de su hermano Jafet, Yéfet, quien era el primogénito.

Analogía que a los creyentes nos sirve para relacionarlo con el mismo Jesús de Nazaret quien cumplió también con sus misión de sumo sacerdote, pero llevando esta labor a la perfección al sacrificarse, muriendo en la cruz por los pecados del mundo y sobre todo al haber resucitado nuevamente denotándonos el verdadero camino de regreso a nuestra tierra prometida, función fundamental de todo sacerdote de: conducir a su rebaño hacia el camino de salvación.

Por ello hay quienes dicen que Melquisedec y Jesucristo podrían ser más que una misma persona, un solo concepto, no se puede olvidar que en algunos pasajes Bíblicos se hace referencia directa a algunas situaciones que dentro del no tiempo y eternidad de nuestro Creador le permiten a varios seres que como Moisés o Elías por ejemplo reaparecen en escenarios que difieren de nuestra lógica temporal. Sin embargo y más allá de entrar en estos y otros debates, vale la pena entender que Jesucristo es nuestro actual sumo sacerdote.

Así que quienes hacen alusión aun de las oblaciones de harina o las libaciones de vino que se deben hacer en el Templo como de las ofrendas para con nuestro Creador, podrían a la vez entender que en Shalem, שלם, Jerusalén, Yerushalaim, ירושלי del  que quizá deriva el nombre Melquisedec como ciudad eterna, se acogió a Jesucristo quien como guía perfecto e intercesor murió allí derramando su sangre y entregando su cuerpo: pan y vino, para abogar por la misericordia y amor de nuestro Creador.

El Texto de Textos nos revela en Hebreos 7:3, “Porque este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Creador el Altísimo, que salió a recibir a Abraham que volvía de la derrota de los reyes, y le bendijo, a quien asimismo dio Abraham los diezmos de todo; cuyo nombre significa primeramente Rey de justicia, y también Rey de Salem, esto es, Rey de paz; sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo del Creador, permanece sacerdote para siempre”.

Oremos para que nuestro sacerdote Jesús interceda a diario por nosotros.