Día 23 de la Cuenta del Omer

El Texto de Textos nos revela en Isaías 48:16, “acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu”.

Cada partícula, molécula y célula que hace parte de uno de nuestros sistemas corporales esta articulada no solo a nuestro cuerpo sino a la misma Creación por lo que no podemos seguirnos viendo como partes independientes sino como fragmentos que integran ese todo y por lo tanto dependientes de dicha unidad: un Creador al que pertenecemos y que se manifestó en nosotros de diferentes formas, niveles, dimensiones y perspectivas.

Coexistimos en cada uno de esos fluires vinculándonos de distintas maneras con cada uno de ellos, por lo que desde esa misma lógica debemos entender que la Creación siendo un todo esta conformada por lo menos por tres estructuras si se puede usar ese termino. Siendo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, una sola persona igual en cuanto a su naturaleza o sustancia, pero distintas en cuanto a su función, ya que cada una de las tres personas es esa realidad, es decir, sustancia, esencia o naturaleza divina.

Es complejo comprender lo ilimitado desde nuestro lenguaje limitado por lo que aceptar a Jesucristo como Creador mismo, requiere del apoyo del Espíritu Santo, el cual nos aporta también para que nuestro entendimiento asimile que ese verbo se hizo carne y complementa de esa forma la unidad, lo que implica que no hay diferencias sustanciales ya que la Creación en sus manifestaciones nos denota que nuestro propio cuerpo contiene distintos componentes que hacen un todo.

El concepto de Espíritu, hecho agua y sangre, nos sirve de alguna forma para entender también que esas sus propias características están también en nosotros, al contar además del cuerpo, con una mente que nos permite tener un pensamiento o intelecto que lo podríamos simbolizar con Jesucristo y un alma de la que sabemos poco pero que conecta a través del Espíritu con el todo creado.

Asumiendo dicha analogía podemos comprender que contamos con una voluntad de la cual nos dotó nuestro Padre y que nos hace a su imagen y semejanza, de la cual se desprenden unas emociones que con sus sensaciones nos vinculan directamente con el fluir del Espíritu Santo y además nos proyecta una capacidad creativa verbal que nos recrea con el Verbo que articulado a nuestra carne le da un sentido y no otro a nuestras vidas.

El Texto de Textos nos revela en Lucas 1:35, “respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo Niño que nacerá será llamado Hijo del Creador”.

Oremos para que Padre, Hijo y Espíritu se hagan uno en nuestras vidas.