Día 42 de la Cuenta del Omer

El Texto de Textos nos revela en Proverbios 31:30, “Engañosa es la gracia y vana la belleza, pero la mujer que teme al Creador, ésa será alabada”.

Con suficiencia hemos venido hablando al respecto del rol de madre lo que quiere decir que más allá de definiciones que solo nos dejan en el plano semántico de los significados debemos enfocarnos en todo lo que espiritualmente ellas son, no solo frente a la llegada de una criatura o el proceso posterior de guía de estas, que no acaba nunca para dichos seres sino por lo que el Creador nos otorga a través de ellas, tanto es, que se dice que después de un proceso de maternidad la mujer pierde una buena parte de su propio ser.

El momento de nuestro nacimiento se reconoce con el nombre de alumbramiento lo que es muy diciente a la hora de comprender el por qué las mujeres son las únicas capaces de dar a luz y a la vez ese rol de madre que implica un amor puro que se puede comparar en parte con el de nuestro Creador. Quienes profundizan un poco en este tipo de análisis afirman que es el momento de alejamiento del Espíritu del mundo para conectarse con un alma que desde la concepción ya se encuentra haciendo parte de la criatura y que a partir de ese nacimiento comienza su retorno hacia el estado original al que pertenece.

Perspectiva que le da a ese acto un sello divino y que enmarca a las mujeres madres en el punto de ser guías y cuidadoras según instrucciones del mismo Creador para que esa criatura pueda cumplir por sus propios medios en la labor material de completar y desarrollar su estado natural como ser creado, lo que implica que el rol supremo de la madre no puede seguirse viendo como un momento de gestación para luego amamantar a su cría sino como una labor divina solo delegada a ellas.

Se afirma que todo nuestro desarrollo dentro de esta creación, no es más que una imitación de lo que sucede en la dimensión espiritual por lo que nuestras madres están desempañando el rol más importante que el Creador le pudo encomendar a ser alguno, siendo ellas verdaderas ungidas. Valdría la pena que viéramos entonces en esas progenitoras el ejemplo de amor a seguir por lo que deberíamos convertir este fluir y vinculo en nuestra mayor tarea a imitar y a hacer.

Desde esa mirada su vientre es esencia receptora de la vida y como tal las contracciones que indican el preámbulo de nuestra llegada oficial a este mundo sirven para separarnos más que de ellas del cordón umbilical espiritual que nos retroalimentaba y que denota esa fuerza del Creador que esta interviniendo para convertirnos en seres animados con alma, la cual una vez se une al cuerpo empieza un proceso de retorno a nuestro Edén para lo cual hay que vencer a la muerte fruto del pecado.

El Texto de Textos nos revela en Juan 19:26, “cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo”.

Oremos para que alabemos permanentemente a nuestras madres y su rol de guías.