Día 44 de la Cuenta del Omer

El Texto de Textos nos revela en Joel 3:17, “y conoceréis que yo soy Jehová vuestro Creador, que habito en Sion, mi santo monte; y Jerusalén será santa, y extraños no pasarán más por ella”.

Hay lugares especiales es cierto y muchos creyentes entendemos a Jerusalén no solo como una ciudad, sino como un espacio sagrado que simboliza el corazón de un pueblo escogido. Se dice que de allí el mismo Creador tomó del polvo de esa tierra para darle vida a nuestra especie y que luego le otorgó este territorio a Abraham por lo cual Jacob visionó allí la escalera que ascendía al cielo, lo que nos denota que allí se representa la fuerza del amor que debe reinar en nuestros seres, esa que parte de la humanidad no entiende convirtiendo dicho espacio en territorio de conflicto por no aceptar que este lugar fue entregado como heredad y por ello se habla de Sagradas Escrituras.

Pero Jerusalén también simboliza nuestros territorios esos sobre los cuales los humanos nos disputamos pequeños espacios para nuestro confort, obviando que cada porción de esta tierra ha sido entregada por el mismo Creador solo para nuestra mayordomía. Eso sí este terruño fue reservado tanto para su pueblo como para su adoración, lo que implica a la vez que si esta ciudad simboliza nuestros corazones, nosotros debemos corregir nuestras acciones y alejarnos del pecado vislumbrándonos más allá de deseos, esos que nos limitan y que hacen que algunos seres no entiendan lo que es nuestra trascendencia.

Se sabe que quienes visitan esta ciudad comprenden además estas y otras cosas como la que nos indica que debemos elevarnos por encima de todo lo que en este mundo nos ata hasta reencontrarnos con ese mundo espiritual que nos conecta desde nuestro corazón con el Creador y por lo tanto, con la corrección, la misma que nos permite liberarnos de esos tantos deseos egoístas. Más esto no ocurrirá repentinamente ya que Jerusalén nos demuestra que desafortunadamente hemos construido un muro entre nosotros y el Creador, entre los deseos puros y los impuros, entre nuestros seres egoístas y altruistas.

Muro que no solo rodea esa hermosa ciudad y que quizá los creyentes podemos entender como una protección. Por ello aprendiendo del pueblo judío podemos encontrar en él un espacio en donde nos sintamos más cerca de su reino, tanto que podemos hablarle al odio. Probablemente por ello cuando corregimos nuestro corazón, estamos acercándonos a esa Jerusalén, ese lugar que nos incita a tener buenos pensamientos, que nos invita a avanzar hacia la santidad, y a que derribemos todos esos muros que no nos permiten conectarnos con nuestro amoroso Padre y su miericordia.

Reconstruyamos entonces nuestra Jerusalén interior, nuestros corazones, nuestro Templo físico para reconectarnos con el Espíritu gracias a la purificación de nuestros seres, tarea que aunque parece un trabajo difícil nos invita a aislarnos de todos esos deseos y tentaciones en donde nuestro ego nos presiona e impulsa, para que no sigamos construyendo muros sino puentes con el Creador. Así que si Jerusalén nos sigue inspirando ese gran deseo por la espiritualidad, tenemos que pedirle a Jesucristo que como al ciego, al sordo y a los mudos que sano allí, nos ayude a salir de la esclavitud de nuestros pecados.

El Texto de Textos nos revela en Mateo 5:34, “pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono del Creador;35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey”.

Oremos para que la nueva Jerusalén reine en nuestros corazones.