El Texto de Textos nos revela en Jeremías 5:24, “y no dijeron en su corazón: Temamos ahora a Jehová nuestro Creador, que da lluvia temprana y tardía en su tiempo, y nos guarda los tiempos establecidos de la siega”.

Nuestros cronogramas de celebraciones religiosas se confunden en ocasiones entre nombres y costumbres que aunque parecen intentar evocar lo mismo en el fondo difieren sustancialmente en cuanto a los propósitos Bíblicos, tal vez por ello cincuenta días después de la Pascua del Cordero en donde se conmemora el encuentro entre el Creador y Moisés en el monte Sinaí, y la entrega de la Ley al pueblo de Israel, que simboliza el nacimiento del judaísmo, nosotros como creyentes festejamos Pentecostés lo que poco o nada tiene que ver con la Fiesta de las Mieses, en donde se da gracias por el fruto de las cosechas.

Y es que aunque deberíamos no tener diferencias sustanciales lo cierto es que sí, la partida del Mesías para estar nuevamente junto al Padre marca para nosotros los creyentes la llegada del Espíritu Santo para guiarnos, llevándose a cabo su descenso sobre los Apóstoles, dando así el nacimiento de la Iglesia para una nueva relación de nosotros con el Creador que ahora se conecta a nuestra alma gracias a su Espíritu.

Lo que no descontextualiza el judaísmo pero si hace un paréntesis para que se propague la fe en nosotros los cristianos gracias a la intercesión del Espíritu Santo, lo que nos obliga más que a pedirle al Creador dones especiales a que le roguemos para que a través de Él mantengamos nuestro ego en tierra, para que así todos esos deseos pecaminosos no sigan cogobernando nuestros seres, sino que simplemente seamos impulsados por el deseo de integrarnos de nuevo al reino acercarnos más a Él día a día.

Que bello que más allá de separarnos por nuestros ritos y creencias comprendamos que ahora el Creador no solo quiere habitar entre su pueblo, sino en nuestro templo del Espíritu, en nosotros, por lo cual estas y otras celebraciones deben posibilitarnos acercarnos más a Él a través de la oración, el ayuno, la misericordia, el servicio, el estudio de la Biblia y las sanas y armónicas interacciones con todos nuestros próximos.

La espiritualidad por lo tanto no puede entenderse como una filosofía sino como un propósito de vida acorde a nuestro diseño original en donde reconocemos que Él quiere que después de nuestras diarias jornadas nos dediquemos a Él, que moremos en Él, que entremos en su reposo y que nuestra liberación espiritual y física opere de tal forma que todos aquellos que creemos y esperamos en Él nuestra salvación, la obtengamos.

El Texto de Textos nos revela en Hechos 11:15, “y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio”.

Oremos para que el Espíritu Santo more en nosotros.