El Texto de Textos nos revela en Daniel 10:8, “Quedé, pues, yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno. Pero oí el sonido de sus palabras; y al oír el sonido de sus palabras, caí sobre mi rostro en un profundo sueño, con mi rostro en tierra”.

 

No tenemos la capacidad de comprender desde nuestros conceptos de medida y longitud la grandeza y majestuosidad del Creador, como tampoco parece reconocemos que nuestro planeta es extremadamente pequeño frente al mismo universo, lo que quiere decir que si Él es todo, esta presente en cada partícula, la tierra es solo el estrado de sus pies lo que quiere decir que debemos ser sumisos a Él quien es el dador de la vida y por lo tanto bajo esa mirada debemos honrarle, respetarle, alabarle.

Somos polvo de la tierra, analogía que también sirve para que aceptemos que por insignificante que nos parezca ello,  Él en su inmensidad y majestuosidad divina nos hizo a su imagen y semejanza pero nosotros que ahora no comprendemos su perfección, despreciamos no solo su majestuosidad, su infinidad y carácter sino su ilimitado amor. Y aunque Él a través de la Octava Sefirá del Árbol de la Vida, Hod o Majestuosidad, הוד, nos proyecta esos pequeños destellos de su esplendor que nos deberían conducir a la alabanza y a la sumisión, nosotros embebidos en nuestro pecado preferimos seguir alejados.

Ahora la búsqueda de atender su grandeza y nuestra pequeñez es simplemente una forma de dejar de sentirnos deidades y someternos por fin a su voluntad, entregándole la nuestra, la cual ha sido desobediente desde aquel momento en que preferimos alejarnos de sus mandatos olvidando incluso nuestras propias características así como las de Él para dejarnos guiar por un mundo de ilusiones que solamente nos lleva a la desilusión.

Los estudiosos dicen que al estar todas las diez Sefirot relacionadas, ello solo busca el hacernos conscientes de nuestras inconciencias para lo cual debemos entender que todo se interconecta, relación que visionada desde las partes de nuestro cuerpo humano denotan que tanto nuestros pies como nuestra mente se funden como los niveles netzach y hod, octava numeración llamada la inteligencia absoluta o perfecta, que como instrumento de lo primordial, no tiene raíz para penetrar y descansar en ella, salvo en los lugares escondidos de Guevurá, lo cual nos invita a emanar esa esencia divina.

Pero más allá de conceptos y contextos, lo ideal es aceptar que siendo nuestro Creador tan majestuoso, grande y poderoso busca que estemos cerca de Él y lo ideal es asumir de todo corazón como creyentes que hay que aceptar el mayor llamado de hacer parte de su propia morada, esa que quiere habitar con y en nosotros y que poco tiene que ver con nuestros conceptos terrenales en donde anhelamos vivir en hermosos y lujosos palacios cuando es mucho más maravilloso comprender que esa majestuosidad tiene que ver con saber de su amor, gracias a un Creador que también siente, se entristece, se conduele y experimenta nuestras sensaciones.

El Texto de Textos nos revela en Hechos 7:49, “el cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice el Señor; ¿O cuál es el lugar de mi reposo? 50 ¿No hizo mi mano todas estas cosas? 51 !!Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros”.

Oremos para honrar con nuestros actos la majestuosidad del Creador.