El Texto de Textos nos revela en Lamentaciones 3:22, “El gran amor del Creador nunca se acaba, y su compasión jamás se agota. Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad!”

Todo parece indicar que originalmente hablábamos un mismo idioma y aunque los arqueólogos aseguran que fue el sumerio, el cual con su escritura cuneiforme aparece según sus indagaciones desde 3200 años antes de Cristo, es claro que la biblia nos habla del Hebreo original que se perdió fruto de la confusión de lenguas en Babel en donde fuimos confundidos a través de esos diferentes dialectos.

Quizá por ello algunos estudiosos se cuestionan al respecto de por qué Jesucristo usaba más el arameo que el hebreo, lo que lleva a otros eruditos a explicar que como rav, רַב, maestro, de la Palabra, intentaba que los no Judíos conocieran de esta, como finalmente lo propuso al delegar a sus discípulos para ir al mundo a predicar el evangelio a todas las lenguas, lo que no corrobora para otros la necesidad de un solo lenguaje el del amor.

Ahora nosotros como seguidores de Él debemos hablar a través de ese idioma universal del amor, el cual nos incita a dar frutos siguiendo así los pasos de nuestro maestro. Perspectiva que no debemos perder de vista y que se deduce al estudiar la letra yud, י, original que como sufijo de posesión significa mi y que nos lleva a verle a Él como nuestro rabino, רַבִּי, mi maestro. Título que fue usado por los judíos en la antigüedad para dirigirse a una persona de gran autoridad e importancia.

Por lo tanto y aunque en ese momento predominaba el idioma italiano de los romanos o el griego de los estudiosos, siendo los judíos una minoría, Jesucristo decidió hablar el idioma más común de las gentes traduciendo este en amor y servicio, contextos que nos demuestran que mientras sigamos confundidos en nuestras lenguas limitantes y finitas nos quedara muy complicado comprender el idioma infinito e ilimitado del amor.

Amor que incluso no necesita de palabras concretas ni de traducciones especiales sino que como acto comunicacional nos acerca a esos otros, nuestros próximos y nos permite comprendernos como partes integrales de una Creación de la cual nos hemos separado por nuestros egoísmos, esos que nos llenan de resentimientos y percepciones equivocadas incluso al respecto del significado de nuestras palabras.

El Texto de Textos nos revela en I de Corintios 13:1, “Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido”.

Oremos para que no nos falte el amor y nos expresemos a diario a través de él.