El Texto de Textos nos revela en Isaías 34:12, “Llamarán a sus príncipes, príncipes sin reino; y todos sus grandes serán nada”.

Estamos en medio de un mundo del cual desconocemos casi todo, lo que traducimos en misterios, sí, temas que queriendo disfrazar de ocultos simplemente hacen parte de nuestras milenarias ignorancias y deseos de encontrar respuestas en donde no las hay ya que la Biblia, la Palabra del Creador y sus diarios destellos para denotarnos de Él los obviamos construyendo prácticas que denominamos místicas pero que con sus ritos y hábitos solo parece nos alejan más de dicha relación.

La misma naturaleza nos habla desde lo oculto, ya que Él esta allí a través de ella explicándonos todo pero no le queremos atender. Lo cierto es que lo que llamamos misterios, su Palabra y esa naturaleza nos invitan a tener una relación cada vez más profunda con Él, a que nos comuniquemos directamente a través de la oración, la meditación, el ayuno pero sobre todo gracias al servicio a nuestros próximos a quienes debemos demostrarle con nuestra fraternidad nuestra Fe. Así que esa iluminación interior que enaltece nuestros sentidos no debe ser otra cosa que ocuparnos que ese fluir de amor, gratitud y fe irradie todos nuestros entornos.

 

No olvidemos que el mensaje central de Jesucristo tiene que ver con el amor al prójimo, ese que implica una entrega, una especie de vaciamiento de ese ego que no nos domina y no nos permite pensar sino en nosotros, lo cual se debe contrarrestar gracias al dar desinteresado, al servicio, ese que nos conduce hacia la divinidad. Y es por ello que el fluir del amor debe generarnos una especie de alquimia en donde asumiendo nuestro proceso espiritual cotidiano reflejemos este a través del integrarnos con esos próximos acercándonos con ellos más y más a los caminos del Creador.

Los misterios que tanto nos han ocupado históricamente solo han servido para llenar nuestros seres y especialmente mentes de una serie de elucubraciones y pensamientos egoístas que no permiten que el Creador nos llene con su Luz la misma que se debe convertir en acciones de servicio para que nuestros días cobren un nuevo valor. Lo que no desdice de quienes tienen experiencias místicas y se despojan de la misma vida para compartirla con otros, dejando renacer en sus seres a diario esa esencia humana superior que vive en nosotros y que nos vincula a través de su amor.

Que bello que sintiéndonos parte de Cristo nos propusiéramos vernos como un solo ser en donde cada partícula representada por nosotros coloca todo de si para que su vida fluya en todos sus entornos y con Él la misma vida cobre un nuevo sentido. No perdamos de vista que hacemos parte integral de un todo y que esa multiplicidad de formas simplemente nos deben llevar a encarnar a ese hombre humanado que es Jesucristo y con Él, a vivir ese modelo de vida fraternal y servicial que entiende que el único propósito de nuestra existencia es sabernos parte de Él. Sí: Lo místico implica unirnos con lo sagrado.

El Texto de Textos nos revela en I de Corintios 13:2, “y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy”.

 

Oremos para que nuestros misticismos nos llenen de más fe pero hacia Jesucristo.