El Texto de Textos nos revela en Génesis 25:25, “Y salió el primero rubio, y era todo velludo como una pelliza; y llamaron su nombre Esaú. 26 Después salió su hermano, trabada su mano al calcañar de Esaú; y fue llamado su nombre Jacob.[a] Y era Isaac de edad de sesenta años cuando ella los dio a luz”.

Hay historias en la Biblia que en ocasiones como creyentes pasamos desapercibidas ya que nos parece no tienen ninguna importancia, como por ejemplo la de Hiram de Tiro y Salomón cuando estos hicieron un tratado en donde el rey fenicio envió troncos de cedro y cipreses del Líbano a Israel. Lujosa madera que formaría las vigas del techo y los intrincados paneles dentro del templo, contexto que desde otra lectura nos lleva a la palabra original: brit, בְרִית, para unir, la misma que aparece como pacto, ese que el Creador hace con nosotros siempre y cuando nuestras estructuras espirituales estén en Él.

No podemos obviar que Jesucristo nos denotó que el templo realmente es nuestro cuerpo y aunque el de Jerusalén desde sus inicios fue diseñado para ser una institución universal, una casa de oración, esta claro que el templo que debemos reconstruir es nuestro ser espiritual, ese que perdió su naturalidad fruto del pecado y cayó oscureciéndose y vistiéndose de materia, lo que nos obliga a orar más y a dejar que el Espíritu Santo more en nosotros para así poder conducirnos luego de la muerte física a nuestro estado original espiritual que se logra una vez nos corrijamos voluntaria y conscientemente en este plano.

Todo se entrelaza entre sí aunque en ocasiones no nos percatamos porque nos falta no solo más oración sino la guía del Espíritu Santo. Desde esa mirada vale la pena que nos detengamos a diario no solo en las expresiones de esos personajes ancestrales que nos dejan su legado para nuestro crecimiento, en los lugares en donde ellos habitaron o visitaron, sino también en cada una de las circunstancias que allí se representan ya que estas son insumos para nuestro crecimiento físico, mental y espiritual.

Por ello ese templo nuestro cuerpo es en donde debemos buscar la diaria bendición de nuestro Creador la cual desde la analogía de la bendición robada de Esaú y Jacob nos denota que hay una enorme diferencia en el modelo de vida que llevamos y el cómo nos expresamos gracias a la guía del Espíritu Santo. Mientras que Esaú no solo no tiene en cuenta al Creador sino que prefiere lo material, diciendo Yo ya tengo demasiado, יֶשׁ-לִי רָב, Jacob prefiere expresar: Lo tengo todo, יֶשׁ-לִי-כֹל, no por la riqueza sino por la suficiencia de saberse guiado por nuestro Padre Celestial.

Es nuestro templo, nuestro ser y la vida lo más sagrado y quizá por ello cuando Jacob usa la palabra na, נָא, nos esta indicando la importancia de pensar y hablar por y para el Creador, bella perspectiva que sumada a las enseñanzas de Jesucristo nos denotan que pereceremos físicamente pero que resucitaremos y si hemos trabajado conscientemente por ello gracias a la fe en Él y a la guía de su Santo Espíritu viviendo por y para Él, entraremos a esa nuestra morada eterna celestial: Edén, pero ahora sin pecado original.

El Texto de Textos nos revela en I de Corintios 6:19, “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis del Creador, y que no sois vuestros?”

Oremos para que en ese templo corporal honremos a cada instante a nuestro Creador.