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Mi Kabbala – Av 21, 5785 – Viernes 15 de agosto del 2025

¿Nombres?

El Texto de Textos nos revela en Isaías 7:14, “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”.

Todos tenemos un nombre (שֵׁם, shem) y aunque en la mayoría de los casos este ha sido dado por nuestros padres u otros familiares, algunos creyentes sostienen que son los ángeles quienes intervienen en ese proceso, buscando que esta denominación sea una especie de alabanza al Creador, un recordatorio de Su existencia, a quien pertenecemos, de allí que estos llamados se entiendan como mini-plegarias que para los hebreos nos conectan e identifica con ese mensaje implícito divino, que deberíamos leer como una invitación permanente para reconocernos como sus hijos, parte de la Creación.

Perspectiva que es más fácil de comprender al analizar la traducción etimológica de algunos nombres que derivan del antiguo hebreo y que contienen esta visión. Miguel es Mikhael (Mi מי + Ka-El כאל: “¿Quién es como el Creador?”); Gabriel es Gavriel (Gavar גבר + El אל: “El Creador es poderoso”); Elizabeth es Elisheva (Eli אלי + Sheva שבע: “Comprometida con mi Creador”); Zacarías es Zekhariah (Zechar זכר + Ya יה: “El Señor ha recordado”); Juan es Yokhanan (Yah יו + Hanan חנן: “El Señor es misericordioso”); y José es Yosef (Yo יו + Sef סף: “El Señor aumentará”), solo por citar algunos ejemplos.

Nombres que denotan esa necesidad de mantener una relación permanente con nuestro Creador, invocando a través de ellos su protección y guía, costumbre, que deberíamos mantener como aquellos ancestros que llamaron a sus hijos con estas visiones buscando que ese ser atendiera los atributos dados por nuestro Creador: YHWH (יהוה o El אל), quien a través de esa costumbre, nos incita a cumplir con ese plan celestial de integrarnos a Él a través de Su obra, irradiando Su luz y Su palabra con el solo hecho de que alguien piense en nosotros a través de nuestro nombre.

En el caso de nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo, su padre José fue visitado por un ángel que le prometió un futuro milagroso: su prometida, María, aunque todavía virgen, pronto concebiría y daría a luz un hijo que crecería para ser el Mesías. El niño se llamaría Jesús, pero, de acuerdo con la profecía, llevaría un segundo nombre: Emanuel. El nombre Emanuel aparece por primera vez en las palabras del profeta Isaías, quien vivió siete siglos antes de Èl y predijo que el futuro Mesías nacería de una virgen y que su nombre sería Imanu-El עִמָּנוּ אֵל, que en hebreo significa “Él está con nosotros”.

Emanuel, como nombre sacrosanto, reúne las cualidades de sagrado y santo, y aunque esta denominación no se promulgó más para no enfrentar a las autoridades judías, que no toleraron verle como el Mesías (מָשִׁיחַ”, Mashíaj) o ungido, si lo dimensionaron como el Cristo, Creador humanado que dejó màs que señales y que gracias a ese nombre sagrado e igual de impronunciable al YHWH, nos habla de Salvación a través de nuestras vivencias, llamado a buscar el profundo significado de nuestras vidas a través de Su redención, anhelando así que a través de nuestras oraciones nos comuniquemos con Él, sin necesidad de llamarlo por un nombre específico.

El Texto de Textos nos revela en Apocalipsis 3:5, “El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles”.

Oremos para que el Creador abra nuestros ojos para aumentar nuestra fe.

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