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Mi Kabbala – Nisán 14, 5786 – Miércoles 1 de abril del 2026.

¿Abismo?

El Texto de Textos nos revela en Daniel 12:2, “y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua.Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad”.

El alma humana tiene para algunos estudiosos que pasar por cinco niveles de crecimiento para tener conciencia de su esencia, siendo nefesh (נָ֫פֶשׁ) el primer estadio animal de su corporalidad, gracias a la dimensión asiá (de la Acción); denso mundo de la materialidad en donde coexistimos como humanidad retroalimentándonos siempre de Él, hasta que voluntariamente alcancemos niveles como ruaj, en donde lo mental o psíquico nos va haciendo entender esos condicionamientos que cual mandatos nos integran a Su obra, relacionándonos con esa energía universal Yetzirá, donde nuestra alma se percibe como tal, reintegrándose al Creador gracias a la reconexión con Su Espíritu.

Se cree que una vez el alma adquiere el crecimiento Neshamá (נְשָׁמָה), supera esta existencia física, al lograr su rectificación (Tikún), integrándonos a la Creación a través de este mundo para ingresar a la dimensión Jaiá, en donde con otras almas reciben la Emanación divina del Espíritu del Creador, para finalmente unificarse en lejidá, al lado de nuestro redentor. Proceso que desafortunadamente nos cuesta entender en su todo y que en ocasiones queremos explicar a través de ritos, que desdicen de lo que realmente significa la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo como guía y salvador.

Como creyentes somos invitados para que al repasar esos momentos en donde Él fue crucificado, luego sepultado y posteriormente descendió al mismo Seol (שְׁאוֹל), abismo o infierno para resucitar y vencer la muerte, encendiendo nuestra esperanza gracias a Su Luz, la misma que nos llena de esa eternidad; vela interior que nos debe consagrar a Él como signo que superaremos dicho lugar de los muertos y anhelamos partir al Hades o espacio temporal de transición en donde resguardaremos nuestras almas, gracias a que esperamos nuestra resurrección en el día del juicio final a Su lado.

De allí que ese abismo (tehom, תְּהוֹם, hondura), que para algunos es nuestra propia mente, tiene que ver con esa dimensión de donde Él nos rescató, dejándonos una especie de escalera, gracias a la fe en Su obra, salvación que implica el ascender hacia el Paraíso, seno de Abraham, en donde Él nos preparó una morada para que allí nuestra alma no este mas separada, dejando este cuerpo que como entorno terrenal sirvió para expirar nuestros pecados y luego ser poder disfrutar de la resurrección y de una vida nueva.

El mismo Moises (משה) nos insinúa a los creyentes, que debemos esperar no solo nuestro arrebatamiento sino esa redención de nuestro abogado, en el juicio final, para lo cual nuestra fe en Él, nos llama a obviar todos esos conceptos mundanos opuestos que desdicen de la gracia divina y por ende, nos llevan a perder esa esperanza en nuestra salvación, manteniéndose así el poder de la muerte en nosotros, abismo, que se abre con toda su profundidad para alejarnos definitivamente de nuestro amoroso Padre Celestial, que hizo todo para rescatarnos, aun cuando preferimos desconocerle.

El Texto de Textos nos revela en Juan 5:21, “porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida”.

Oremos para que sea Él quien nos rescate y resucite a la vida eterna.

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