
Mi Parashá – Génesis 7:12
Cada partícula de esta creación, por imperceptible que sea o por insignificante que nos parezca, está dentro del plan del Creador y sus propósitos, lo que nos indica que cada intención que cruza por nuestro ser contiene un mensaje. Al convertirse en deseos, pensamientos, palabras, emociones, interacciones e interrelaciones, nos demuestra que ese fluir genera efectos, siendo necesario tener muy en cuenta esas pequeñas y continuas intenciones que mueven nuestras vivencias.
Desde esa misma lógica espiritual, cada una de esas intenciones humanas se entrelaza para generar una gran realidad, la misma que en algunos casos significa un gran caos, siendo necesarios, al final de esos ciclos, periodos de purificación que regularmente valoramos como espacios de prueba. Desafíos que, aunque en ocasiones pasen desapercibidos por estar distraídos en otras cuestiones, nos reflejan un mensaje profundo y preciso que deberíamos considerar con más atención.
Los cuarenta días y noches de lluvia, desde esa perspectiva, nos hablan de esos desafíos que enfrentamos y que son necesarios para nuestra transformación espiritual. Por ello, no podemos perder de vista que fenómenos naturales como la lluvia, llevados a la definición de diluvio, nos hablan de esa purificación y, a la vez, de un nuevo comienzo. Esto, aplicado a nuestras pruebas, nos da la idea de asumirlas como escenarios para crecer, purificarnos y, al mismo tiempo, prepararnos para una nueva etapa de desarrollo, la cual debe ser integral y, ojalá, general.
Nuestras vivencias están plagadas de dualidades, las mismas que nos llevan, a través de cada día y de cada noche, a recapitular no solo nuestros días, sino también ese crecimiento integral que nos señala que la luz nos llama a agradecer al Creador por ella, mientras que la oscuridad nos invita a alabarlo para que nos acerque más a Él. Todo esto está relacionado con el propósito divino de unificarnos con Él.
Por ende, no debemos temer a las pruebas ni a los momentos de oscuridad, sino más bien verlos como oportunidades para crecer y transformarnos, reconociendo que esos ciclos, que también significan renovación permanente para todo lo que compone nuestras vidas, contienen los elementos que necesitamos para fortalecernos y avanzar. Por ello, esas dificultades, si confiamos en el Creador, están dentro de ese plan celestial.
La lluvia excesiva puede parecer destructiva, pero en realidad es un instrumento de purificación y renovación que nos desafía a mantener la fe durante esos períodos de tormenta, sabiendo que cada ciclo tiene su final y que, con la ayuda divina, saldremos purificados y fortalecidos. Es por ello que siempre debemos leer cada mensaje más allá de lo superficial para poder descubrir ese propósito divino en cada aspecto de nuestras vidas.
El número cuarenta (אַרְבָּעִים) simboliza esos períodos de prueba, purificación y transformación. Es por ello que, cada vez que lo leemos, como más adelante en el caso de los cuarenta días que Moisés pasó en el Monte Sinaí o incluso los cuarenta años que los israelitas vagaron por el desierto, esta cifra nos recuerda que ese tiempo debe entenderse como un espacio en el que la persona o el mundo está siendo purificado y, al mismo tiempo, preparado para el camino que implica un nuevo comienzo.
Por su parte, la lluvia (הַגֶּשֶׁם), como el agua, igualmente nos ofrece una amplia gama de mensajes que, con sus significados, cada quien interpreta acorde a su momento y realidad. Esto significa que la lluvia siempre nos hablará de una bendición divina y, aunque en el contexto del diluvio se convierta en un instrumento de juicio y purificación, es claro que esa manifestación del juicio divino es más bien la oportunidad de renovación de lo creado.
La palabra “geshem” (גשם), lluvia, tiene un valor gemátrico de 343 (ג = 3, ש = 300, מ = 40), que se descompone en 3 + 4 + 3 = 10, para reflejar tanto la totalidad como la culminación de un ciclo. Esta perspectiva refuerza esas ideas que nos insinúan que la lluvia del diluvio no fue solo un evento catastrófico, sino parte de un plan divino para completar un ciclo y comenzar otro.
Desde esa mirada dual que nos arropa y que nos presenta a diario, a través del amanecer y el anochecer, nuestras propias vivencias, debemos entender que, así como nos fortalece la luz, también lo puede hacer la oscuridad, ya que esa aparente lucha entre lo espiritual y lo material, o entre el conocimiento y la ignorancia, y sus ciclos, forman parte de los procesos completos para nuestra permanente transformación, la cual abarca todos los aspectos de nuestras existencias.



